David Christian: 8 umbrales de la Gran Historia

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Big History: del origen de universo hasta hoy

¿Cuál es nuestra historia común como humanidad? No la de éste o aquél grupo, ni de esta o aquella época, sino la de todos los seres humanos desde los orígenes hasta el momento presente. ¿Es posible hallar un relato semejante?

Este es el propósito de David Christian. Para él es ya posible aventurarse en un relato común que nos permita comprender un poco mejor nuestro lugar en el cosmos. El desarrollo de las ciencias, especialmente en las últimas décadas, ha facilitado la articulación de sus descubrimientos. Esto permitiría crear un relato capaz de vincular  la vida del ser humano con fenómenos tan fundamentales como el origen de la vida o el universo. 

Y es que, en efecto, la pregunta por el ser humano ha conducido siempre a indagar su origen. Hoy en día esto ha llevado a traspasar cada vez más las fronteras de las disciplinas, para posibilitar la adquisición de una mirada más completa e integradora:

“Quien desee comprender la historia de la humanidad deberá examinar la evolución de esa extraña especie que es la especie humana, y esto implica conocer las transformaciones que ha venido experimentando la vida en la Tierra, lo que a su vez conlleva el estudio de la evolución del propio planeta, análisis que nos conduce a estudiar la evolución y el progreso del universo entero” (GH 9).

Preguntar por la historia humana nos lleva a indagar no solo sobre sus fundamentos sociales y culturales, sino también nos conduce a abordar su cualidad de especie y ser viviente en este planeta. Con esto, las preguntas pronto se trasladan a los orígenes de la vida misma, la materia que la hace posible y el Universo en el cual, en última instancia, se ha originado.

Cosmología, Ciencias de la Tierra, Biología, Antropología, Historia y más. Todas estas disciplinas se ven implicadas e interrelacionadas al intentar desarrollar la “Gran Historia” que propone David Christian, desde los inicios del Universo hasta el momento presente del ser humano en la Tierra.

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Musonio Rufo y Aspasia de Mileto: las mujeres también han de filosofar

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El prejuicio de la antigüedad clásica contra la mujer filósofa

En la búsqueda histórica, dentro de la antigüedad clásica, de referentes o modelos para fomentar la filosofía entre las mujeres, nos encontramos prontamente con un obstáculo mayor. No sólo chocamos con una lamentable escasez de fuentes disponibles, sino que además nos encontramos por doquier con un discurso en el cual a la mujer se le niega, de una u otra manera, el acceso a la filosofía.

En la Grecia y Roma de la antigüedad, la mujer tiene asignado, en primer lugar, un rol social limitado (“dueña de casa”) que dificulta enormemente su educación y restringe su participación en la vida ciudadana. En segundo lugar, y acaso lo más grave, se ve apresada por un prejuicio generalizado en el cual se considera que por naturaleza no está bien dispuesta para la filosofía y las tareas de la razón. Simone de Beauvoir, en el inicio de su obra El segundo sexo, expone este prejuicio en las palabras del propio Pitágoras:

“Existe un principio bueno que ha creado el orden, la luz y el hombre, y un principio malo que ha creado el caos, las tinieblas y la mujer.” (Ss 11)

Ejemplos como éste abundan en la literatura y la filosofía antigua. Sin embargo, también es posible encontrar algunas luces (aunque escasas) que permiten contrariar estas nefastas opiniones. Si bien esos casos ejemplares no son totalmente perfectos –en el horizonte de nuestras actuales exigencias- sí consiguen poner en cuestión prejuicios arraigados de su propia época y que, aunque parezca sorprendente, aún conservan vigencia en algunos sectores de la sociedad hasta el día de hoy. Así es como podemos encontrar, por suerte, palabras como las que siguen en el siglo I d.C.:

“El mismo raciocinio han recibido de los dioses las mujeres y los hombres, el que utilizamos en las relaciones mutuas y con el que discurrimos sobre cada cosa si es buena o mala y si es hermosa o fea. (…) el deseo y la buena disposición natural hacia la virtud residen no sólo en los hombres, sino también en las mujeres.” (Df III-9)

Estas son palabras del filósofo estoico y romano Musonio Rufo, para quien, como se revisará a continuación, mujeres y hombres poseen por naturaleza la misma razón, disposición y capacidad para pensar y educarse, para filosofar y formarse como seres racionales y virtuosos. 

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J. P. Sartre: existencialismo y libertad total

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La existencia precede a la esencia

“el primer paso del existencialismo es poner a todo hombre en posesión de lo que es, y hacer recaer sobre él la responsabilidad total de su existencia.” (EH 33)

Pero, ¿qué es el ser humano?, ¿de qué trata su “existencia”? Para Sartre el ser humano no tiene un ser o esencia previa. Por el contrario, el ser humano “no es otra cosa que lo que él se hace” (EH 31). Se trata de la inevitable y fundamental libertad para hacerse a sí mismo en contraposición a toda tesis que mire al hombre como una naturaleza ya hecha o determinada de antemano. Ahora bien, sin negar la “condición humana” en la cual siempre es arrojada cada existencia, la libertad sería siempre total en la medida que nunca se deja de elegir qué hacer en cada situación en la cual uno se pueda encontrar. 

Es por lo anterior que Sartre afirma que “la existencia precede a la esencia”, pues antes de cualquier esencia (naturaleza, concepto o definición previa que le determine), el hombre existe eligiendo y haciendo su ser:

“¿Qué significa aquí que la existencia precede a la esencia? Significa que el hombre empieza por existir, se encuentra, surge en el mundo, y que después se define. El hombre, tal como lo concibe el existencialista, si no es definible, es porque empieza por no ser nada. Sólo será después. Y será tal como se haya hecho.” (EH 31)

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Nicola Abbagnano: búsqueda, compromiso y destino

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Para Nicolai Abbagnano, el existencialismo, más que una escuela o doctrina filosófica, es un llamado al hombre a adoptar una actitud total respecto de su propia existencia y a salir de la falta de compromiso consigo mismo:

“El existencialismo tiende a sustraer al hombre del indiferentismo anónimo, de la disipación, de la infidelidad a sí mismo y a los otros; tiende a restituirlo a su destino, a reintegrarlo a su libertad” (E 27)

Búsqueda

En primer lugar, Abbagnano señala la condición fundamental para todo ser humano:

“En todos sus aspectos, humildes o elevados, la existencia del hombre es la búsqueda del ser. (…) El hombre busca en todos los casos una satisfacción, un completamiento, una estabilidad que le faltan: busca el ser” (E 14)

Esta búsqueda del “ser”, nos dice, concierne a un “estado” o un “modo de ser” requerido para dar respuesta a las exigencias o necesidades fundamentales de la existencia.

Se trata de una “búsqueda” por cuanto dicho “ser” no está ya dado, sino que “falta” y no se lo “posee”. Este carácter de falta manifiesta cierto límite, “finitud” o impotencia que, aunque pareciera una debilidad, es lo que abriría la posibilidad de un genuino compromiso del ser humano consigo mismo.

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