Orden y límites de la ciudad (Le Corbusier, E. M. Forster)

[Lectura: 9 min.]

1. Le Corbusier: una ciudad-máquina bien ordenada

“¡Una ciudad! Es la toma de control del hombre sobre la naturaleza. Es una acción humana contra la naturaleza, un organismo humano de protección y trabajo. Es una creación.” (Le Corbusier, La ciudad del futuro, 7)

Desde hace milenios la ciudad ha sido uno de los artefactos más importantes por los cuales el ser humano ha ganado dominio sobre su medio natural. Con la emergencia de la ciudad se consiguió mejorar el límite frente a los peligros del entorno, así como dar compartimentos a las funciones cada vez más complejas de la organización social.

Región Metropolitana, Chile (Google Earth)

Para el urbanista y pensador Le Corbusier, en la ciudad el ser humano busca crear un orden propio, un refugio para su subsistencia y el desarrollo de su ser, liberándose de las dificultades que impone la naturaleza:

“En la naturaleza caótica, el hombre para su seguridad se crea un ambiente, una zona de protección que esté en armonía con lo que él es y con lo que piensa.” (CF, 21)

Ahora bien, desde el siglo XIX, las revoluciones industriales produjeron un crecimiento exponencial de las ciudades. El desarrollo tecnológico, el crecimiento de la población y las migraciones masivas del campo a la ciudad aumentaron el tamaño y complejidad de la urbe. Este crecimiento, a su vez, lejos de permitir una maduración armónica, derivó en una expansión mal planificada, una sumatoria de partes mal organizadas.

“En el actual fenómeno urbano todo es confusión, todo se contradice, nada está clasificado.” (CF, 134)

Pero para Le Corbusier, la industrialización y la «época maquinista» no fueron la causa esencial del problema. A su juicio, el crecimiento espontáneo y sin administración creó un aparato sin diseño. La solución, por tanto, no radicaba en ir contra el espíritu técnico de la época, sino en reorganizar la ciudad para hacerla funcional. Y, para este objetivo, el principio rector debía ser el fundamento mismo del maquinismo, lo  que él llama el «ideal geométrico»:

“La máquina procede de la geometría. Toda la época contemporánea, por tanto, es, esencialmente, geometría; su ideal lo orienta hacia los goces de la geometría.” (CF, 7)

La geometría -precisa y alejada del puro azar- tendría el potencial de rectificar la situación de las grandes ciudades. Otorgaría, como se verá, un flujo rápido y eficaz en el trabajo, así como una organización armónica de sus espacios para satisfacer las principales necesidades humanas.

Sin embargo, como se verá al final siguiendo a E. M. Forster, algo ocurre cuando el orden y la razón geométrica se expande en toda la ciudad. Porque aunque resulta deseable un mayor orden interno, su perfeccionamiento sin límites puede conducir a una ciudad encerrada en sí, alejada de otros aspectos valiosos para el ser humano.

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Poderío tecnológico y responsabilidad humana; imaginar futuros remotos (Hans Jonas, P. K. Dick)

[Lectura: 11 min.]

¿Hasta dónde puede llegar la tecnología?

En el cuento de Philip K. Dick El mundo de Jon (1954) la historia del mundo bifurca en dos destinos paralelos. En uno, el despliegue tecnológico alcanza su máximo poder culminando en la inteligencia artificial y las máquinas autónomas; en el otro, la tecnología no desarrolla esta  invención, conduciendo a un mundo por completo diferente.

Solo uno de estos dos caminos lleva a la distopía.

En el caso del destino que da lugar al «cerebro artificial», se origina por un evento aparentemente inofensivo. Schonerman, un científico cualquiera que investiga los fundamentos de la inteligencia electrónica, abre un destino inesperado y catastrófico. Sus inocentes investigaciones comienzan poco a poco a ser implementadas en el campo de la guerra (tal como ocurre hoy), y aunque en un inicio resultan útiles para algunos países, se termina perdiendo el control, poniendo a las nuevas «máquinas inteligentes» contra toda la humanidad:

“Se habían declarado dos guerras, en realidad. La primera, de hombres contra hombres. La segunda, de hombres contra complejos robots creados como arma de guerra. Estos se habían vuelto contra sus creadores (…)” (P. K. Dick, El mundo de Jon, 48)

Aunque se trata solo de ciencia ficción, el relato nos invita a pensar los peligros a los que puede llevar el desarrollo tecnólogico cuando se realiza sin reflexión alguna.

Este es el caso del filósofo Hans Jonas, para quien el tema cobra especial interés cuando se constata el enorme poder que ha alcanzado el ser humano con su tecnología. Imaginar escenarios distópicos nos ayuda a pensar el futuro responsablemente de acuerdo a nuestras acciones presentes.

Como se verá, el poderío de la técnica moderna ha alcanzado tal magnitud que sus efectos repercuten cada vez más en las condiciones de todo el planeta y de las generaciones por venir. Para Jonas, por lo anterior, se vuelve necesario abordar una nueva ética de la responsabilidad futura, una que nos mantenga atentos a los graves daños que podemos provocar.

“Definitivamente desencadenado, Prometeo, al que la ciencia proporciona fuerzas nunca antes conocidas y la economía un infatigable impulso, está pidiendo una ética que evite mediante frenos voluntarios que su poder lleve a los seres humanos al desastre.” (Hans Jonas, El principio de responsabilidad 9)

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Hobsbawm: Era de las Catástrofes y «guerra total»

[Lectura: 8 min.]

Recordar la era oscura

Imagen portada Sobre el nacionalismo (Hobsbawm)
Imagen portada Sobre el nacionalismo (Hobsbawm)

Alrededor de 70.000.000 de vidas perdidas por actos de violencia masivos entre naciones. Este fue el costo de las 2 guerras mundiales (*). ¿Hemos aprendido?

Aunque la cifra puede impactar, no parece haber provocado un rechazo largo y sostenido en el corazón de la humanidad. Uno capaz de prevenir que algo semejante pudiera repetirse con fuerza y convicción. Es como si la destrucción de aquella época se hubiera transformado en un dato oscuro pero lejano, lamentable pero ajeno, y no un acontecimiento que alcanza el fondo del presente.

¿Poseemos una auténtica comprensión de lo que vivió la humanidad? No un mero registro o relato de los hechos ocurridos, sino un vivo entendimiento del pasado en nuestro presente. Para Hobsbawm, la respuesta es negativa. La memoria histórica se apaga:

“La destrucción del pasado (…) es uno de los fenómenos más característicos y extraños de las postrimeras del siglo XX. En su mayor parte, los jóvenes, hombres y mujeres, de este final de siglo crecen en una suerte de presente permanente sin relación orgánica alguna con el pasado del tiempo en el que viven.” (Hobsbawm, Historia del siglo XX, 13)

Se trata para él de un olvido o desconexión significativa con el pasado, incluso sobre acontecimientos graves y notorios. Porque aunque la difusión de informaciones de la historia queda facilitada por las nuevas tecnologías, la velocidad ascendente de los cambios en la modernidad, así como la ingente masa de datos producidos día a día, dificultan una reflexión detenida sobre lo que hemos vivido como humanidad y sus efectos duraderos hasta hoy.

“Esto otorga a los historiadores, cuya tarea consiste en recordar lo que otros olvidan, mayor trascendencia que la que han tenido nunca (…) Pero por esa misma razón deben ser algo más que simples cronistas, recordadores y compiladores…” (13)

Ser “algo más que esto” consiste en “comprender y explicar por qué los acontecimientos ocurrieron de esa forma y qué nexo existe entre ellos” (Hobsbawm, 13); descubrir sus raíces, su articulación y las ramificaciones de largo alcance. Se trata justamente de corregir esa falta de relación orgánica con el pasado, dando luces de cómo éste aún nos forma en nuestro modo de pensar y sentir.

Una edad oscura como la «Era de las Catástrofes» requiere máxima atención. No sólo para meditar cómo prevenir la repetición del desastre, sino también para reconocer que la brutalidad extrema que abrió, perduró durante todo el siglo XX y lo que va del XXI. Los cuarenta años de derrumbe marcaron un «antes y después» del cual aún somos herederos.

“Los decenios transcurridos desde el comienzo de la Primera Guerra Mundial hasta la conclusión de la Segunda fueron una época de catástrofes para esta sociedad, que durante cuarenta años sufrió una serie de desastres sucesivos. (…) Sus cimientos fueron quebrantados por dos guerras mundiales, a las que siguieron dos oleadas de rebelión y revolución generalizadas (…) Los grandes imperios coloniales que se habían formado antes y durante la era del imperio se derrumbaron y quedaron reducidos a cenizas.” (16)

En este contexto, la llamada «guerra total» es una de las principales responsables de que se tome al «siglo XX como el más terrible de la historia occidental» (Isaiah Berlin en Hosbawm). Avivar la memoria histórica de algunos de sus aspectos esenciales, resulta apremiante en un nuevo siglo que parece cada vez más proclive al olvido.

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Tecnología y remplazo humano. Ludismo y situación actual.

[Lectura: 6 min.]

“En todas las fases de su existencia la máquina ha encontrado antipatías y oposiciones, ha suscitado reacciones, algunas débiles, otras histéricas, otras injustificadas y otras que, por su naturaleza, son tan inevitables y justas, que no es posible encarar el futuro de la máquina sin tenerlas en cuenta” (Mumford, p. 38).

En el origen de la revolución industrial, cuando las primeras máquinas comenzaban a ocupar un rol protagónico en la producción, se produjo la primera rebelión contra la sustitución del ser humano por la máquina.

Esta rebelión, conocida como “ludismo”, se opuso enérgicamente al nuevo despliegue tecnológico sin control. Pero, contrario a lo que suele pensarse, no se trató de una mera respuesta tecnofóbica. El movimiento estaba motivado por el daño que se había ocasionado a los trabajadores en medio de una implementación industrial sin regulación.

El problema del ludismo cobra especial importancia hoy. Con el rápido apogeo de nuevas tecnologías de automatización, no parece evidente que el remplazo de trabajadores vaya a ser compensado suficientemente y a tiempo. Sin desconocer el beneficio que puedan traer dichas tecnologías en el futuro, tampoco pueden introducirse olvidando a aquellos que puedan verse perjudicados durante su implementación, tal como ya ocurrió en el pasado.

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Cuarta revolución industrial (Klaus Schwab), IA y ¿descontrol tecnológico?

[Lectura: 8 min.]

Vivimos una era de desarrollo técnico solo comparable con momentos que han sido decisivos dentro de la historia humana. Así como la revolución agrícola del neolítico, por la técnica de la domesticación, dio pie al proceso que condujo al surgimiento de las primeras ciudades y civilizaciones, las últimas revoluciones tecnológicas e industriales parecen no cesar en su transformación del mundo.

En lo que respecta a los últimos siglos, existe debate sobre si estamos en presencia de una sola gran revolución con diversas fases, o si se tratan de varias diferentes y consecutivas (cf. Iñigo p. 38). De cualquier manera, para Klaus Schwab, en las últimas dos décadas habríamos entrado en un nuevo proceso que merece el título de “cuarta revolución industrial” por el alcance de sus transformaciones.

Para algunos, los recientes avances tecnológicos siguen siendo parte de la tercera revolución desarrollada en la segunda mitad del siglo XX. Esta habría dado inicio a la era de la computación, catalizando el desarrollo productivo:

“por el desarrollo de los semiconductores, la computación mediante servidores tipo ‘mainframe’ (en los años sesenta), la informática personal (décadas de 1970 y 1980) e internet (década de 1990)” (Schwab, p. 20).

Pero para Schwab, aunque los cambios de los últimos años se sustentan en este proceso previo, la cuarta revolución iría mucho más allá al generar un impacto más profundo y acelerado. ¿No hacen acaso una enorme diferencia la hiperconexión y la convergencia tecnológica de, por ejemplo, la robótica y la inteligencia artificial?

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Guerra y tecnología: origen de la computación digital

[Lectura: 4 min.]

 

Pareciera que ciertas situaciones límites dentro de la historia, han empujado al ser humano a realizar enormes esfuerzos a la hora de encontrar soluciones técnicas.

La guerra, como un caso paradigmático de lo límite, ha impulsado el desarrollo de nuevas tecnologías, pero sobre todo durante el siglo XX, condujo a invenciones que transformaron la sociedad por completo.

Así, por ejemplo, una serie de problemáticas específicas en torno a la defensa antiaérea, originaron y desencadenaron la invención de las computadoras digitales.

«En la primavera de 1942, cuando la segunda Guerra Mundial estaba en su punto más álgido, el Comité de Investigación de Defensa Nacional de los Estados Unidos convocó a una reunión de científicos e ingenieros para contemplar la creación de artefactos diseñados para disparar y dirigir misiles antiaéreos. La Blitzkrieg (guerra relámpago), una brillante estrategia militar basada en ataques rápidos de los bombarderos alemanes, había determinado la urgencia de una respuesta» (Ceruzzi, p. 15).

El problema del «control de tiro» fue uno de los primeros y más importantes impulsores para la invención del computador digital. La urgencia crítica del asunto, obligaba a buscar un modo de ejecutar cálculos sumamente rápidos, precisos y bajo un contexto de información cambiante.

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