Orden y límites de la ciudad (Le Corbusier, E. M. Forster)

[Lectura: 8 min.]

1. Le Corbusier: una ciudad-máquina bien ordenada

“¡Una ciudad! Es la toma de control del hombre sobre la naturaleza. Es una acción humana contra la naturaleza, un organismo humano de protección y trabajo. Es una creación.” (La ciudad del futuro, 7)

Desde hace milenios la ciudad ha sido uno de los artefactos más importantes por los cuales el ser humano ha ganado dominio sobre su medio natural. Con la emergencia de la ciudad (ver) se consiguió mejorar el límite frente a los peligros del entorno, así como dar compartimentos a las funciones cada vez más complejas de la organización social.

Región Metropolitana, Chile (Google Earth)

Para el urbanista y pensador Le Corbusier, en la ciudad el ser humano busca crear un orden propio, un refugio para su subsistencia y para el desarrollo de su ser liberándose de las dificultades que impone la naturaleza:

“En la naturaleza caótica, el hombre para su seguridad se crea un ambiente, una zona de protección que esté en armonía con lo que él es y con lo que piensa.” (CF 21)

Ahora bien, desde el siglo XIX, las revoluciones industriales produjeron un crecimiento exponencial de las ciudades. El desarrollo tecnológico, el crecimiento de la población y las migraciones masivas del campo a la ciudad aumentaron su tamaño y complejidad. Este crecimiento, a su vez, lejos de permitir una maduración positiva, derivó en una expansión mal planificada, una sumatoria de partes mal organizadas:

“En el actual fenómeno urbano todo es confusión, todo se contradice, nada está clasificado.” (CF 134)

Pero para Le Corbusier, la industrialización y la «época maquinista» no fueron la esencia del problema. A su juicio, el crecimiento espontáneo y sin administración creó un aparato sin diseño. La solución, por tanto, radicaba no en ir en contra el espíritu técnico de la época, sino en reorganizar la máquina para volverla funcional. Ahora, el principio rector para su reordenamiento debía ser el fundamento mismo del maquinismo, a saber, el «ideal geométrico»:

“La máquina procede de la geometría. Toda la época contemporánea, por tanto, es, esencialmente, geometría; su ideal lo orienta hacia los goces de la geometría.” (CF 7).

La geometría -precisa y alejada del puro azar- tendría el potencial de rectificar la situación de las grandes ciudades. Otorgaría, como se verá, un flujo rápido y eficaz en el trabajo, así como una organización armónica de sus espacios para satisfacer las principales necesidades humanas.

Sin embargo -y aquí el punto crítico- algo ocurre cuando el orden y la razón geométrica se expande en toda la ciudad. Porque aunque resulta deseable un mayor orden interno, su perfeccionamiento sin límites puede conducir a una ciudad clausurada. En esto, la lectura de una breve novela de E. M. Forster, ayudará a ilustrar el punto, a vislumbrar aquello que excede siempre a la ciudad y parece llamar (aún) al ser humano.

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Poderío tecnológico y responsabilidad humana; imaginar futuros remotos (Hans Jonas, P. K. Dick)

[Lectura: 11 min.]

¿Hasta dónde puede llegar la tecnología?

En el cuento de Philip K. Dick El mundo de Jon (1954) la historia del mundo bifurca en dos destinos paralelos. En uno, el despliegue tecnológico alcanza su máximo poder culminando en la inteligencia artificial y las máquinas autónomas; en el otro, la tecnología no desarrolla esta  invención, conduciendo a un mundo por completo diferente.

Solo uno de estos dos caminos lleva a la distopía.

En el caso del destino que da lugar al «cerebro artificial», se origina por un evento aparentemente inofensivo. Schonerman, un científico cualquiera que investiga los fundamentos de la inteligencia electrónica, abre un destino inesperado y catastrófico. Sus inocentes investigaciones comienzan poco a poco a ser implementadas en el campo de la guerra (tal como ocurre hoy), y aunque en un inicio resultan útiles para algunos países, se termina perdiendo el control, poniendo a las nuevas «máquinas inteligentes» contra toda la humanidad:

“Se habían declarado dos guerras, en realidad. La primera, de hombres contra hombres. La segunda, de hombres contra complejos robots creados como arma de guerra. Estos se habían vuelto contra sus creadores (…)” (P. K. Dick, El mundo de Jon, 48)

Aunque se trata solo de ciencia ficción, el relato nos invita a pensar los peligros a los que puede llevar el desarrollo tecnólogico cuando se realiza sin reflexión alguna.

Este es el caso del filósofo Hans Jonas, para quien el tema cobra especial interés cuando se constata el enorme poder que ha alcanzado el ser humano con su tecnología. Imaginar escenarios distópicos nos ayuda a pensar el futuro responsablemente de acuerdo a nuestras acciones presentes.

Como se verá, el poderío de la técnica moderna ha alcanzado tal magnitud que sus efectos repercuten cada vez más en las condiciones de todo el planeta y de las generaciones por venir. Para Jonas, por lo anterior, se vuelve necesario abordar una nueva ética de la responsabilidad futura, una que nos mantenga atentos a los graves daños que podemos provocar.

“Definitivamente desencadenado, Prometeo, al que la ciencia proporciona fuerzas nunca antes conocidas y la economía un infatigable impulso, está pidiendo una ética que evite mediante frenos voluntarios que su poder lleve a los seres humanos al desastre.” (Hans Jonas, El principio de responsabilidad 9)

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Hobsbawm: Era de las Catástrofes y «guerra total»

[Lectura: 8 min.]

Recordar la era oscura

Imagen portada Sobre el nacionalismo (Hobsbawm)
Imagen portada Sobre el nacionalismo (Hobsbawm)

Alrededor de 70.000.000 de vidas perdidas por actos de violencia masivos entre naciones. Este fue el costo de las 2 guerras mundiales (*). ¿Hemos aprendido?

Aunque la cifra puede impactar, no parece haber provocado un rechazo largo y sostenido en el corazón de la humanidad. Uno capaz de prevenir que algo semejante pudiera repetirse con fuerza y convicción. Es como si la destrucción de aquella época se hubiera transformado en un dato oscuro pero lejano, lamentable pero ajeno, y no un acontecimiento que alcanza el fondo del presente.

¿Poseemos una auténtica comprensión de lo que vivió la humanidad? No un mero registro o relato de los hechos ocurridos, sino un vivo entendimiento del pasado en nuestro presente. Para Hobsbawm, la respuesta es negativa. La memoria histórica se apaga:

“La destrucción del pasado (…) es uno de los fenómenos más característicos y extraños de las postrimeras del siglo XX. En su mayor parte, los jóvenes, hombres y mujeres, de este final de siglo crecen en una suerte de presente permanente sin relación orgánica alguna con el pasado del tiempo en el que viven.” (Hobsbawm, Historia del siglo XX, 13)

Se trata para él de un olvido o desconexión significativa con el pasado, incluso sobre acontecimientos graves y notorios. Porque aunque la difusión de informaciones de la historia queda facilitada por las nuevas tecnologías, la velocidad ascendente de los cambios en la modernidad, así como la ingente masa de datos producidos día a día, dificultan una reflexión detenida sobre lo que hemos vivido como humanidad y sus efectos duraderos hasta hoy.

“Esto otorga a los historiadores, cuya tarea consiste en recordar lo que otros olvidan, mayor trascendencia que la que han tenido nunca (…) Pero por esa misma razón deben ser algo más que simples cronistas, recordadores y compiladores…” (13)

Ser “algo más que esto” consiste en “comprender y explicar por qué los acontecimientos ocurrieron de esa forma y qué nexo existe entre ellos” (Hobsbawm, 13); descubrir sus raíces, su articulación y las ramificaciones de largo alcance. Se trata justamente de corregir esa falta de relación orgánica con el pasado, dando luces de cómo éste aún nos forma en nuestro modo de pensar y sentir.

Una edad oscura como la «Era de las Catástrofes» requiere máxima atención. No sólo para meditar cómo prevenir la repetición del desastre, sino también para reconocer que la brutalidad extrema que abrió, perduró durante todo el siglo XX y lo que va del XXI. Los cuarenta años de derrumbe marcaron un «antes y después» del cual aún somos herederos.

“Los decenios transcurridos desde el comienzo de la Primera Guerra Mundial hasta la conclusión de la Segunda fueron una época de catástrofes para esta sociedad, que durante cuarenta años sufrió una serie de desastres sucesivos. (…) Sus cimientos fueron quebrantados por dos guerras mundiales, a las que siguieron dos oleadas de rebelión y revolución generalizadas (…) Los grandes imperios coloniales que se habían formado antes y durante la era del imperio se derrumbaron y quedaron reducidos a cenizas.” (16)

En este contexto, la llamada «guerra total» es una de las principales responsables de que se tome al «siglo XX como el más terrible de la historia occidental» (Isaiah Berlin en Hosbawm). Avivar la memoria histórica de algunos de sus aspectos esenciales, resulta apremiante en un nuevo siglo que parece cada vez más proclive al olvido.

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Sloterdijk: separación, retiro y ejercicio

[Lectura: 7 min.]

Retiro y separación

En la infatigable marcha de la vida moderna, en medio de trabajos y actividades interminables, puede irrumpir un llamado al «retiro». 

Diógenes (Jean-Léon Gerôme, 1860)

En la corriente del día a día, marcada por el estrés, la ansiedad, el desencanto y la falta de sentido, puede producirse un quiebre, un rechazo rotundo a lo que sostiene ese modo de vivir. Y aunque la mayoría se resigne o busque modos de adaptarse, existen casos destacados y excepcionales en los cuales surge la exigencia de salir de la corriente dominante.

A esta separación, o alejamiento radical de la norma de vida, Peter Sloterdijk lo llama «espíritu de secesión»:

 “… la retirada del individuo de la forma de ser que está sumergida en la corriente de los asuntos del mundo, (…) la salida del río de la vida, a fin de encontrar un sitio en la orilla.” (Has de cambiar tu vida, 291)

Este es el «sujeto recesivo», el que retrocede frente a la marcha de la vida normal. Toma la decisión improbable, excéntrica y extraordinaria de separarse de las reglas que subyacen a la vida humana dominante. En vez de dejarse arrastrar por el río, se retira a la orilla en búsqueda de otras posibilidades.

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Silencio (Byung-Chul Han)

[Lectura: 4 min.]

Ruido y Silencio

Komorebi”  (Perfect Days) 

Cuando el ruido satura, incluso en la callada noche, cuando todo habla y demanda sin tregua alguna, surge de pronto el anhelo de un silencio fundamental.

El ruido provocado por la “hiperinformación” de las redes digitales bombardea nuestra mente. El exceso de datos recibidos en todo momento —sostenido por la propia compulsión a compartir y consumir todo dato— bloquea la posibilidad de atender lo que importa.

Byung-Chul Han lo dice así: 

“Todo grita para llamar la atención (…). La información nos roba el silencio imponiéndonos y reclamando nuestra atención” (No-cosas, 101-102).

Y la fuente de este grito está siempre a la mano y más. Porque el dispositivo “inteligente” que portamos en todo momento se transforma en una extensión de nosotros mismos, uno que nos interpela en una llamada invasiva.

El silencio, entonces, se vuelve escaso, alejándonos, dice Han, de su capacidad para vincularnos con lo valioso, aquello que nos resulta sagrado y otorga sentido al Mundo:

“Lo sagrado está ligado al silencio” (97).

Lo sagrado se “alza” sobre nosotros; es lo que nos supera elevándose. Pero lo sagrado subyacente solo puede apreciarse bajo una “atención profunda”, una que surge cuando reina la paciencia que deja ser a las cosas y a los otros. La acumulación y consumo hiperactivo de datos, por el contrario, satura la conciencia, eliminando la atención serena que es capaz de captar lo fundamental.

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Jacques Monod: azar y necesidad en la naturaleza viva

[Lectura: 9 min.]

1. ¿Posee lo vivo una finalidad?

“Todo lo que existe en el Universo es fruto del azar y la necesidad” (Demócrito)

Tanto la materia viva como la inerte comparten la cualidad del movimiento, pero solo en la primera consideramos que posee algún tipo de fin o intención. La bacteria absorbe nutrientes, la planta busca el Sol, los animales exploran el entorno, y el ser humano persigue sus incontables tareas.

Y también —lo vivo en su conjunto— aparenta tender hacia formas cada vez más complejas y extraordinarias, como si la evolución se encaminara hacia alguna meta final de la Naturaleza.

¿Está la vida, entonces, destinada hacia algún fin esencial?

Axones neuronales al ojo
Axones neuronales conectándose al ojo (Dr Guilermo Moya)

Muchos han defendido esta idea teleológica o finalista de lo vivo. Para Jacques Monod, sin embargo, el fundamento último radicaría en el azar y la necesidad. Azar de las incesantes e incontables combinaciones de la materia; necesidad de verse sometida a las leyes de la naturaleza. No habría designio divino ni natural, tampoco fuerzas o impulsos «vitales» que guiaran de antemano el curso de la vida.

‘El puro azar, el único azar, libertad absoluta pero ciega, en la raíz misma del prodigioso edificio de la evolución…’ (Monod, El azar y la necesidad 113)

Un azar que, delimitado por la necesidad de las leyes naturales, también explicaría nuestro propio origen. Porque para Monod el ser humano es también en parte fortuito y no destinado, es decir, contingente. La idea es, sin duda, difícil de aceptar: golpea nuestro antropocentrismo, el profundo deseo de ser necesarios y fundamentales en el orden de todas las cosas:

“Nosotros nos queremos necesarios, inevitables, ordenados desde siempre. Todas las religiones, casi todas las filosofías, una parte de la ciencia, atestiguan el incansable, heroico esfuerzo de la humanidad negando desesperadamente su propia contingencia.” (Monod 50)

Pero, si este es el caso, ¿cómo explicar la evidente observación de que todo lo vivo obra como si persiguiera metas y fines? Esta característica aclarará Monod, solo se entiende al relacionarla correctamente con las demás propiedades principales de los seres vivos, las cuales descansan en último término en el azar y la necesidad.
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