En la infatigable marcha de la vida moderna, en medio de trabajos y actividades interminables, es posible que irrumpa desde el interior del ser humano un llamado al «retiro».
Diógenes (Jean-Léon Gerôme, 1860)
La corriente de la vida de la época actual está marcada por el estrés, la ansiedad, la depresión y, por cierto, el desencanto y la falta de sentido. Y aunque la mayoría se resigne o busque adaptarse, existen casos destacados en los cuales se gesta un gran rechazo a la forma de vida llevada y una salida radical de la corriente del mundo. Esta separación es lo que Peter Sloterdijk llama el «espíritu de secesión»:
“… la retirada del individuo de la forma de ser que está sumergida en la corriente de los asuntos del mundo, (…) la salida del río de la vida, a fin de encontrar un sitio en la orilla.” (Has de cambiar tu vida, 291)
Este es el «sujeto recesivo», el que retrocede frente a la marcha de la vida normal, y toma la decisión improbable, excéntrica y extraordinaria de separarse de las reglas que subyacen a la vida humana dominante. En vez de dejarse arrastrar por el río, opta por retirarse a la orilla en búsqueda de otras posibilidades.
Cuando el ruido satura, incluso en la callada noche, cuando todo habla y demanda sin tregua alguna, surge de pronto el anhelo de un silencio fundamental.
El ruido provocado por la “hiperinformación” de las redes digitales bombardea nuestra mente. El exceso de datos recibidos en todo momento —sostenido por la propia compulsión a compartir y consumir todo dato— bloquea la posibilidad de atender lo que importa.
Byung-Chul Han lo dice así:
“Todo grita para llamar la atención (…). La información nos roba el silencio imponiéndonos y reclamando nuestra atención” (No-cosas, 101-102).
Y la fuente de este grito está siempre a la mano y más. Porque el dispositivo “inteligente” que portamos en todo momento se transforma en una extensión de nosotros mismos, uno que nos interpela en una llamada invasiva.
El silencio, entonces, se vuelve escaso, alejándonos, dice Han, de su capacidad para vincularnos con lo valioso, aquello que nos resulta sagrado y otorga sentido al Mundo:
“Lo sagrado está ligado al silencio” (97).
Lo sagrado se “alza” sobre nosotros; es lo que nos supera elevándose. Pero lo sagrado subyacente solo puede apreciarse bajo una “atención profunda”, una que surge cuando reina la paciencia que deja ser a las cosas y a los otros. La acumulación y consumo hiperactivo de datos, por el contrario, satura la conciencia, eliminando la atención serena que es capaz de captar lo fundamental.
“Todo lo que existe en el Universo es fruto del azar y la necesidad” (Demócrito)
Tanto la materia viva como la inerte comparten la cualidad del movimiento, pero solo en la primera consideramos que posee algún tipo de fin o intención. La bacteria absorbe nutrientes, la planta busca el Sol, los animales exploran el entorno, y el ser humano persigue sus incontables tareas.
Y también —lo vivo en su conjunto— aparenta tender hacia formas cada vez más complejas y extraordinarias, como si la evolución se encaminara hacia alguna meta final de la Naturaleza.
¿Está la vida, entonces, destinada hacia algún fin esencial?
Muchos han defendido esta idea teleológica o finalista de lo vivo. Para Jacques Monod, sin embargo, el fundamento último radicaría en el azar y la necesidad. Azar de las incesantes e incontables combinaciones de la materia; necesidad de verse sometida a las leyes de la naturaleza. No habría designio divino ni natural, tampoco fuerzas o impulsos «vitales» que guiaran de antemano el curso de la vida.
‘El puro azar, el único azar, libertad absoluta pero ciega, en la raíz misma del prodigioso edificio de la evolución…’ (Monod, El azar y la necesidad 113)
Un azar que, delimitado por la necesidad de las leyes naturales, también explicaría nuestro propio origen. Porque para Monod el ser humano es también en parte fortuito y no destinado, es decir, contingente. La idea es, sin duda, difícil de aceptar: golpea nuestro antropocentrismo, el profundo deseo de ser necesarios y fundamentales en el orden de todas las cosas:
“Nosotros nos queremos necesarios, inevitables, ordenados desde siempre. Todas las religiones, casi todas las filosofías, una parte de la ciencia, atestiguan el incansable, heroico esfuerzo de la humanidad negando desesperadamente su propia contingencia.” (Monod 50)
Pero, si este es el caso, ¿cómo explicar la evidente observación de que todo lo vivo obra como si persiguiera metas y fines? Esta característica aclarará Monod, solo se entiende al relacionarla correctamente con las demás propiedades principales de los seres vivos, las cuales descansan en último término en el azar y la necesidad. Continua leyendo Jacques Monod: azar y necesidad en la naturaleza viva
“Actualmente, nadie duda de la universalidad de los sistemas planetarios alrededor de otras estrellas”. (José Maza, Astronomía contemporánea 179)
Los planetas son, sin duda, inmensas masas de materia cuasi esféricas orbitando una estrella. Pero también son algo más. Porque de todos los astros del universo, son el lugar eminente para el desarrollo de complejidad, propiedades emergentes y fenómenos completamente nuevos. La Tierra y el origen de lo vivo es una primera comprobación, pero ¿cuántos lugares similares podemos esperar en el universo?
Exoplanetas (science.nasa.gov)
“En promedio, se estima que hay al menos un planeta por cada estrella en la galaxia. Eso significa que habría del orden de miles de millones de planetas solo en nuestra galaxia, muchos en el rango de tamaño de la Tierra”. (NASA, “Strange New Worlds”)
Y la cifra crece exponencialmente si consideramos todas las galaxias del universo observable: 10.000.000.000.000.000.000.000 (10²²) planetas.
Esta inmensa cantidad –junto con las condiciones generales que definen a todo planeta– permite pensar el cosmos como un auténtico semillero de complejidad. Y aunque no toda semilla germina, bastaría que un pequeño porcentaje lo hiciera para considerar un universo poblado de posibilidades y fenómenos nuevos por descubrir.
Cada Reino de lo vivo expresa una larga historia de ensayos para superar los problemas que le ha presentado su medio en el planeta. Desde organismos unicelulares, hasta otros más complejos, todos han tenido que recorrer un enorme camino evolutivo para encontrar respuestas satisfactorias para adaptarse y conseguir sostener su existencia.
Es en este sentido que cada rama evolutiva presente hasta hoy, porta un registro de incontables soluciones a problemas de nuestro mundo.
“Hay (…) millones de tipos de animales y plantas en el mundo: millones de soluciones distintas a los problemas de mantenerse con vida.” (David Attenborough, La vida en la Tierra)
Ahora bien, el progreso de las ciencias en los últimos siglos ha permitido desvelar muchos de los mecanismos por los cuales lo vivo consigue estas soluciones. Gracias a este conocimiento, no solo avanza el entendimiento de la historia de la vida y su evolución, también —desde una mirada más filosófica— se visibilizan una infinidad de formas de vivir en el mundo que dejan múltiples lecciones que el ser humano puede aprovechar para sus propios problemas.
Esto no es muy distinto a la relación que tuvieron los filósofos de la antigüedad con la Naturaleza. Junto con estudiar su orden y funcionamiento, interpretaron la sabiduría subyacente que esta poseía, ayudándose así a encontrar guía sobre cómo vivir consigo mismo y con los demás.
“Entonces el alma tiene la plenitud y la perfección del bien al que puede aspirar, cuando hollado todo mal, endereza su vuelo a la altura y penetra en las intimidades de la Naturaleza” (Séneca, Cuestiones Naturales 784).
Formas de la naturaleza, Naturalista Ernst Haeckel 1904)
De los frutos de la ciencia moderna se pueden obtener ricos y detallados casos de cómo lo vivo responde a la realidad. Con una posterior reflexión, se pueden extraer modelos y ejemplos, o interpretar símbolos y significados, todos capaces de contribuir en la solución de nuestros problemas más apremiantes.
Y si de entre todos los reinos de lo vivo hay uno que vale la pena atender, es aquel que ha conseguido proliferar por millones de años por caminos muy distintos a los nuestros. Pues mientras la humanidad avanza pobre en fundamento —acelerada e impaciente hacia un destino incierto— el Reino de las Plantas crece lenta y arraigadamente hacia el cielo y su estrella, abriendo hojas, eclosionando en colores, y ofreciendo a su entorno frutos y semillas para el porvenir.
¿No debemos acaso prestar atención a la sabiduría que subyace en su forma de existir?
Parte II: tras la propagación de la idea de la agresividad en los chimpancés (parte I - Goodall), se desarrollan nuevos estudios que ponen en cuestión el predominio de este rasgo en todo primate.
a) Pacifismo y sexualidad
“Entre los bonobos no se producen guerras a muerte, apenas cazan, los machos no dominan a las hembras, y hay mucho, mucho sexo. (…) Los bonobos hacen el amor, no la guerra. Son los hippies del mundo primate.” (De Waal, El mono que llevamos dentro 43)
Junto con los chimpancés, los bonobos son nuestros parientes más cercanos (99% de similitud en el ADN). Inicialmente, se los consideró un tipo de chimpancé (“pigmeo” o pan troglodytes paniscus). Pero algunas diferencias morfológicas y notables distinciones conductuales, ameritaron que se los considerara una especie propia (pan paniscus). En 1954, Tratz y Heck publicaron uno de los primeros estudios donde se destacaba dicha diferencia:
“El bonobo es una criatura extraordinariamente sensible y tierna, muy alejada de la Urkraft (fuerza primitiva) demoniaca del chimpancé adulto.” (Tratz y Heck en De Waal, 42)
Los bonobos, al contrario del sistema patriarcal y competitivo de los chimpancés, se organizan en un matriarcado liderado por una hembra veterana. Y aunque los machos siguen siendo más fuertes y grandes, las hembras consiguen controlarlos cooperando entre ellas y reduciendo las tensiones grupales por medio de una abundante vida sexual.