Hannah Arendt: poder y violencia

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Para una parte importante de la tradición del pensamiento político se ha asociado de manera más o menos directa el poder con la violencia. De acuerdo a esta perspectiva, tras el poder se hallaría, en realidad, la capacidad de ejercer violencia para mandar y dominar a otros. “El poder surge del cañón de un fusil”, decía Mao Zedong.

Por el contrario, para Hannah Arendt, la violencia no se identifica nunca con el poder, ni tampoco es capaz de producirlo; más bien, serían fenómenos contrarios:

“El poder y la violencia se oponen el uno a la otra; allá donde uno domina, la otra está ausente. La violencia aparece cuando el poder peligra, pero si se permite que siga su curso, lleva a la desaparición del poder. Lo cual implica que es un error pensar que lo opuesto de la violencia es la no violencia; hablar del poder no violento es una redundancia.” (SV 75)

Lo opuesto a la violencia es el poder. Para comprenderlo de esta manera, Arendt acude a una tradición diferente, en donde el poder no es mero mandato y obediencia, sino cooperación, acuerdo y coordinación entre iguales:

“Cuando la ciudad-estado de Atenas dio a su forma de gobierno el nombre de isonomía, o los romanos llamaron civitas a la suya, pensaban en una concepción del poder y de la ley cuya esencia no se basa en la relación mandato-obediencia ni identificaba el poder con el dominio o la ley con el mandato (…) ” (SV 55)

Como se verá, el auténtico poder radicará en la capacidad de unión para actuar concertadamente.

Poder: acción concertada

Para Arendt, en efecto, el poder concierne al número de individuos capaces de organizarse y actuar en común acuerdo para lograr llevar a cabo acciones y proyectos que den origen a algo nuevo en el mundo.

Por una parte, la acción (esencial a la vita activa, junto a la labor y el trabajo) es aquello que permite a cada ser humano dar nacimiento a algo que no estaba, esto es, a dar origen a algo esencialmente inesperado, gracias a su libertad.

“El hecho de que el hombre sea capaz de acción significa que cabe esperarse de él lo inesperado, que es capaz de realizar lo que es infinitamente improbable. Y una vez más esto es posible debido sólo a que cada hombre es único, de tal manera que con cada nacimiento algo singularmente nuevo entra en el mundo.” (CH 158)

Pero, por otra parte, esto nunca ocurriría desde la individualidad aislada, sino siempre en un mundo compartido (“con la acción nos insertamos en un mundo donde ya están presente otros” (QP 16)). Es en ese mundo común donde cada ser humano hallaría abierta la posibilidad de unirse con los demás para emprender acciones conjuntamente:

 “(…) lo que convierte al hombre en un ser político es la capacidad de acción, que le permite unirse a sus iguales, actuar de acuerdo con ellos y acometer empresas que nunca habría imaginado” (SV 106)

De ese modo, el verdadero poder político no estaría nunca en manos de un individuo o grupo aislado que captura el poder violentamente, como si de una cosa se tratara. Por el contrario, el poder radicaría en un consenso (a veces tácito) con el cual sus integrantes actuarían conjuntamente por un proyecto común:

“el poder corresponde a la habilidad no sólo de actuar sino también de actuar en concierto. El poder nunca es propie­dad de un solo individuo, pertenece a un grupo y existe solamente mientras ese grupo permanece unido. Cuando decimos de alguien que “tiene el po­der” en realidad nos referimos a que cierto número de personas se lo ha otorgado para que actúe en su nombre.  En el momento en que el grupo que lo otorga desaparece,  también desaparece “su poder””  (SV 59)

El poder, por esta razón, exige poseer legitimidad por parte de sus participantes. Es esa legitimidad del poder lo que otorga a las leyes y normas el respaldo de sus ciudadanos. En ese caso, éstos no obedecen por mero temor a castigos o represalias, sino que actúan porque concuerdan con el proyecto político que las sostiene. Es por esto que no deben entenderse las instituciones y sus cargos por sí mismos como fuentes de poder, pues éstas solo llegan a recibirlo gracias a la legitimidad que reciben:

“Es el apoyo del pueblo el que da el poder a las instituciones de un país, y ese apoyo no es sino la continuación del consenso que, en un principio, dio origen a las leyes. (…) Todas las instituciones políticas son manifestaciones y materializaciones del poder; se anquilosan y decaen tan pronto como el poder del pueblo deja de sostenerlas.” (SV 56)

Justamente cuando el poder decae, cuando las instituciones dejan de funcionar y pierden su legitimidad, es cuando puede aparecer el otro fenómeno crucial en la vida política: la violencia. La violencia, dice Arendt, se origina precisamente cuando el poder ha comenzado a desaparecer.

Impotencia y violencia

El poder político, entonces, hace posible la gobernabilidad gracias al acuerdo entre la acción y el discurso entre los ciudadanos. Si se pierde ese compromiso es posible que emerja la violencia.

La violencia, a diferencia del poder, no requiere un número relevante de individuos. Obra por coacción y multiplica la potencia natural de quienes la ejecutan -aunque sean minoría- a través de la utilización de distintos instrumentos y técnicas (el ejemplo más evidente es el uso de armamento):

“una de las diferencias más evidentes entre poder y violencia es que el primero necesita siempre del número, mientras que la violencia, hasta cierto punto, puede pasarse sin ellos porque se apoya en instrumentos.” (SV 57)

Justamente por no poseer el apoyo y la legitimidad de los demás, se acude a la violencia para destruir un poder existente o en gestación que pudiera contrariar a esa voluntad impositiva.

Ahora bien, Arendt es enfática en señalar que aunque “la violencia puede destruir el poder, es totalmente incapaz de crearlo” (SV 75). Y es que, evidentemente, dicha violencia no acrecienta e integra un número mayor de individuos a sus proyectos por medio de un convencimiento, sino que los dirige por la fuerza. Esto no solo crea tensiones y provoca resistencias –que a su vez pueden obrar violentamente- sino que también puede llevar a que esa misma práctica violenta se redirija internamente contra sus mismos partidarios (como pasa en los sistemas totalitarios):

“En ningún caso es más evidente el elemento autodestructivo inherente a la victoria de la violencia sobre el poder que en la utilización del terror para mantener la dominación. (…) El climax del terror se alcanza cuando el estado policial comienza a devorar a sus propias criaturas, cuando el ejecutor de ayer se convierte en la víctima de hoy”. (SV 73,74)

Y es que, como se verá después, el intento de utilizar la violencia como medio político es altamente cuestionable incluso en términos de pura racionalidad instrumental. En efecto, en una planificación calculada, se estrellará siempre con el hecho de que la violencia no sólo “alberga en sí misma un elemento de arbitrariedad” sino que siempre se desenvuelve en medio de la acción humana que, como se señaló, es esencialmente libre y generadora de lo nuevo e inesperado (y, por consiguiente, incalculable). 

No hay gobierno sin poder

Evidentemente, tampoco se puede descartar que un gran poder, esto es, un gobierno o grupo con cierta legitimidad suficiente, pueda llegar a ejercer violencia contra otros grupos (minorías, extranjeros, clases sociales) o en asuntos en que aún no hay total acuerdo. Arendt dice, de hecho, que es muy raro que se den estados puros de violencia o poder. Lo normal es que se den juntos en la realidad política.

A pesar de lo anterior, el punto clave sigue siendo que la verdadera gobernabilidad o lo propiamente político radicará siempre en el poder y no en la violencia (“El poder es esencial en todo gobierno, la violencia no”). Y que incluso cuando ésta se ejerza , será impracticable si tras ella no hay una cuota mínima de poder que la sostenga. Un grupo armado sin mínima legitimidad interna terminará debilitado o desarmado:

“Donde las órdenes dejan de obedecerse, los instrumentos de la violencia resultan inútiles y la obediencia no la decide la relación entre mandato y obediencia sino la opinión, y, naturalmente, el número de los que la comparten. Todo depende del poder que haya detrás de la violencia” (SV 66)

Arendt da un ejemplo concreto en la guerra de Vietnam. En este caso, el ejército de Estados Unidos -numéricamente inferior, pero con medios de violencia tecnológicamente superiores- comienza a perder la guerra no solo por el crecimiento de poder de su contrincante –tecnológicamente muy mal equipado, pero numéricamente superior y muy bien organizado- sino también y especialmente por la pérdida de poder y legitimidad dentro de sus propias filas. No solo la ciudadanía estadounidense comenzó a criticar y protestar duramente contra la guerra emprendida, sino también sus propios soldados que, poco a poco, fueron restándole adherencia y legitimidad. Así lo testimonia un ex oficial en Vietnam recordando los sucesos:

 “…primero fue como un ruido de fondo y luego fue algo imposible de ignorar. Estaba todo el tiempo en la mente, y no podíamos escapar a ello (…). Creo que las cosas impactantes que pasaban, las fotografías que veíamos, las imágenes en las noticias y el hecho de que no había un avance notorio, comenzaron a carcomer nuestro pensamiento. En el verano del 67 yo estaba en el campamento de Upshur deseando ir a matar gente vietnamita… y en octubre, estaba totalmente en contra de la guerra.” (The Vietnam War de Ken Burns, en Netflix.com S01 Cap 5 31:00)

No hay gobernabilidad sostenible sin un poder real detrás, incluso cuando se cuentan con los mayores instrumentos de violencia.

Revolución: ¿poder o violencia?

Ahora bien, las revoluciones pueden parecer un hecho contradictorio a las tesis de Arendt. ¿No han sido estas transformaciones predominantemente violentas? Aunque Arendt reconoce esto, insiste en que si bien poder y violencia suelen darse juntos, no son fenómenos idénticos.

La violencia por sí misma, dice Arendt, no produce revoluciones ni grandes transformaciones políticas. Lo que está siempre detrás y que abre la posibilidad de un verdadero cambio es la ruptura del poder subyacente, el quiebre de la legitimidad del régimen previo.

“Si la historia enseña algo sobre las causas de la revolución (…) es que las revoluciones van precedidas de una desintegración de los sistemas políticos, que el síntoma revelador de la desintegración es una progresiva erosión de la autoridad gubernamental y que esta erosión es causada por la incapacidad del Gobierno para funcionar adecuadamente, de donde brotan las dudas de los ciudadanos acerca de su legitimidad.(CR 55)

La violencia, por su parte, sería consecuencia de lo anterior, ya sea como un intento del gobierno impotente por sostenerse, ya sea como respuesta de quienes se rebelan frente a esa violencia utilizando medios similares. De cualquier manera, ese ejercicio violento no podrá nunca sustituir el poder político que se requiere. 

“La pérdida de poder y de autoridad de todas las grandes potencias resulta claramente visible, aunque se vea acompañada por una inmensa acumulación de los medios de violencia en manos de los Gobiernos, pero el  aumento en las armas no puede compensar la pérdida de poder.” (CR 156)

Y, por otra parte, a pesar del quiebre en el poder previo, tampoco debe creerse que se gatillará una revolución inevitablemente. Ni la violencia podrá forzar la revolución en esa situación, ni el quiebre por sí mismo será suficiente para el fenómeno revolucionario.

“Allá donde el poder se ha desintegrado, las revoluciones son posibles pero no necesarias” (SV 66)

Para Arendt, sin un nuevo poder emergente, esto es, un grupo numeroso organizado y reunido por un proyecto político común, la ruptura puede quedar sin nueva dirección (y el régimen previo, puede incluso restablecerse). 

El poder, es entonces, el elemento esencial al fenómeno revolucionario y no la violencia.

La violencia como medio político

La violencia, entonces, aunque presente en las revoluciones, no es su causa. Por lo mismo, Arendt no está de acuerdo con las posiciones que glorifican la violencia para la transformación política. Considera que de ahí no se originará ningún poder real, que exige y requiere concierto amplio y no nuevas imposiciones.

Sin embargo, Arendt tampoco cree ingenuamente que solo el acuerdo y el diálogo trabajarán para la justicia.

“La cuestión es que en determinadas circunstancias, la violencia –actuar sin argumentar, sin debatir, o sin tener en cuenta las consecuencias- es la única manera de volver a equilibrar la balanza de la justicia” (SV 83)

Junto con la desobediencia civil (de orden no violento) frente a un poder ilegítimo, también afirma que hay ciertos casos en que “la rapidez de un acto violento puede ser la única solución apropiada” (83). Así ocurre en los casos de legítima defensa, o ante las amenazas y agresiones contra un grupo de la sociedad o incluso un pueblo entero (Arendt, de hecho, apoyó la formación de un ejército judío durante la II GM). Existen, así, situaciones prepolíticas en que los medios violentos no pueden ser ignorados.

Pero para Arendt estos son casos de urgencia excepcional y no de proyectos políticos completos para la transformación social. No se trataría de planificar y calcular la violencia necesaria para obtener determinados objetivos de mediano o largo plazo (“su justificación pierde credibilidad cuanto más se adentra su objetivo en el futuro” (SV 70)), sino más bien de situaciones de resistencia y legítima defensa ante amenazas inmediatas, “de corto plazo”.

“La violencia, instrumental por naturaleza, es racional en la medida en que resulta efectiva en cuanto a la consecución del fin que debe justificarla. Y dado que cuando actuamos nunca sabemos con certeza cuáles serán finalmente las consecuencias de lo que hacemos, la violencia sólo puede ser racional si persigue fines a corto plazo.” (SV 102)

Cuando se glorifica o utiliza la violencia para la política, por el contrario, se juega con su volatilidad, su carácter fortuito e inesperado. Esto conduce no solo a que los medios violentos puedan resultar ineficaces a largo plazo, sino que incluso puedan obrar contra los mismos fines o proyectos que los habían justificado.

“La sustancia misma de la acción violenta se rige por la categoría del fin y los medios, cuya principal característica, cuando se aplica a los asuntos humanos, ha consistido siempre en que el fin corre peligro de ser superado por los medios que justifica y que son necesarios para alcanzarlo” (SV 12)

Esta es una de las advertencias centrales de Arendt, la insubordinación de los medios violentos en la política. Esto también debe tenerse presente incluso cuando los objetivos son más o menos inmediatos, pues se corre el riesgo que toda la sociedad comience a operar con dichos recursos para obtener sus objetivos:

“(…) el peligro de la violencia, aunque ésta se mueva conscientemente dentro de unos límites moderados de objetivos a corto plazo, siempre será que los medios superen al fin. Si los objetivos no se consiguen rápidamente, el resultado no será solamente el fracaso, sino la introducción de la práctica de la violencia en la totalidad del cuerpo político.” (SV 105)

Burocracia e impotencia

“Cuanto mayor sea la burocratización de la vida pública, mayor será la atracción que ejerza la violencia” (SV 105)

Al terminar su ensayo Sobre la violencia, Arendt deja una última advertencia. A causa del común denominador e intocable principio del “crecimiento económico” dentro de la sociedad contemporánea, tanto las fórmulas del “este” como el “oeste” (escribe durante la guerra fría) exigen una mayor capacidad de control y administración sobre dicho proceso. Esto, sin embargo, implica desarrollar una mayor burocracia que resulta  incapaz de escuchar las demandas de la ciudadanía.

“En una burocracia totalmente desarrollada no queda nadie con quien debatir, nadie a quien presentar quejas, nadie sobre quien pueda ejercer presión el poder” (SV 105)

Así, en el “este”, el partido único elimina de raíz la protesta y el diálogo frenando por completo la libre expresión. Pero el “oeste” no se salva con las garantías que da: ¿de qué sirve la libertad de expresión si la “maquinaria” partidista es incapaz de escuchar e integrar las quejas y demandas? Para Arendt la democracia representativa está en graves problemas:

“El mismo Gobierno representativo se halla hoy en crisis, en parte porque ha perdido, en el curso del tiempo, todas las instituciones que permitían la participación efectiva de los ciudadanos y en parte por el hecho de verse afectado por la enfermedad que sufre el sistema de partidos: la burocratización y la tendencia de los dos partidos a representar únicamente su propia maquinaria.” (CR 69) 

Sin esa capacidad de integrar los discursos y acciones de todos los ciudadanos, la “acción concertada”, esto es, el poder, se debilita. Y, tal como se ha insistido ya, si el poder decae, si emerge la impotencia, entonces las puertas quedan ampliamente abiertas para la aparición de la violencia. Por una parte, ciudadanos sin posibilidad de participar de la acción y política efectiva, se ven empujados al uso de la violencia frente a la exclusión del gobierno vigente (impotencia). Por otra parte, los gobiernos deslegitimizados, intentan solucionar su pérdida creciente de poder remplazando el apoyo ciudadano por el uso de la violencia para imponer su voluntad:

“Para mantener el sistema, los representantes comienzan a actuar como dirigentes y recurren a la fuerza. Reemplazan por la fuerza el asentimiento del pueblo; este es el punto decisivo.” (CR 169 )


Referencias

– [SV] Sobre la violencia, Hannah Arendt, Ed. Alianza (Ed. 2018, nueva traducción)

– [CR] Desobediencia civil en Crisis de la República, Hannah Arendt, Ed. Trotta

– [CR] Pensamientos sobre política y revolución en Crisis de la República, Hannah Arendt, Ed. Trotta

– [CH] La condición humana, Hannah Arendt, Ed. Paidós

– [QP] ¿Qué es la política?, Hannah Arendt, Ed. Ariel

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Capítulo II de Sobre la violencia (capítulo central, con las principales distinciones conceptuales)

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Publicado por

L.M.R.

contribucionesfilosoficas@gmail.com