
Si asumimos que el ascenso a la excelencia o virtud (areté) no es un sendero breve ni fácil, sino largo y requerido de esfuerzos, ¿cómo podemos reconocer que no nos hemos desviado en el trayecto y que nos mantenemos por buen camino?
Hace ya casi dos milenios el filósofo griego Plutarco de Queronea (46/50 -120 d.c) dejó algunas señales para responder este problema (Cómo percibir los propios progresos en la virtud).

A continuación se presenta una breve síntesis de aquellas señales de progreso. Estas aún conservan vigencia para quienes buscan la mejora de su propio ser más allá del “éxito social” que promueve la sociedad. En efecto, para Plutarco la virtud no se define por los valores convencionales (fama, riquezas, poder y placeres) sino esencialmente por lograr una plena soberanía sobre sí mismo [1].
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Cuando las condiciones históricas de una sociedad llegan a considerarse condiciones naturales se cae en el gran riesgo de creer inmutable aquello que en su esencia está sujeto a transformación. Para Roland Barthes la producción del mito es el mecanismo fundamental por el cual el ser humano ha llegado hoy a considerar lo históricamente construido como algo naturalmente dado.

