Silencio (Byung-Chul Han)

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Ruido y Silencio


¿Por qué silencio? Cuando el ruido satura, cuando incluso en la callada noche, todo sigue hablando y demandando sin tregua, entonces se anhela un silencio fundamental. Este silencio, para Byung-Chul Han, se contrapone radicalmente al ruido provocado por la “hiperinformación” que nos bombardea constantemente. Un exceso de datos que recibimos en todo momento y que se sostiene por la propia compulsión de compartirlo todo y a la adicción de consumir, una y otra vez, «contenidos» de la red digital.

Y todo esto, por supuesto, a la mano y más. Porque los dispositivos que portamos en todo momento, se vuelven una extensión de nosotros mismos, una que nos interpela mentalmente con escaso respiro: 

“Todo grita para llamar la atención (…). La información nos roba el silencio imponiéndonos y reclamando nuestra atención” (No-cosas, 101-102).

El silencio, entonces, se vuelve escaso. Y esto no es menor, pues en su presencia es donde tenemos la posibilidad, dice Han, de vincularnos con lo que más importa, aquello que sostiene un Mundo con sentido: 

“Lo sagrado está ligado al silencio” (97).

Lo sagrado es lo que se “alza” sobre nosotros, lo que nos supera o subyace en todo elevándose. Este solo puede apreciarse por una “atención profunda”, una que solo es posible cuando reina una calma y paciencia que permite que las cosas y los otros aparezcan. Pero la acumulación y consumo hiperactivo de datos e informaciones, satura la conciencia, la vuelve incapaz para atender a lo esencial que descansa en otro tiempo.

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Reconocer y corregir (Popper)

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“No nos apresuremos en las conjeturas de las cosas más importantes” (Heráclito)

Ninguna pretensión por saber —en las ciencias o en la búsqueda de sabiduría— consigue avanzar si no posee la capacidad de corregir sus errores. Y ninguna corrección es posible, si no se parte de algo tan básico como la disposición a reconocerlos.

Lector con lupa (1895), Lesser Ury

A menos que creamos que estamos en posesión de una verdad revelada, una completa y absoluta, estas dos ideas básicas —reconocer y corregir— nos alientan a poner a prueba lo que creemos saber. En un afán no disolutivo sobre lo que pensamos, sino constructivo en nuestra búsqueda de conocimientos, se trata de transparentar lo que pueda estar fallando.

Porque, en general, tendemos a buscar lo que comprueba nuestras ideas. De modo poco consciente, atendemos solo lo que verifica nuestras posturas, acumulando evidencia a favor, pero desatendiendo o deformando lo que podría cuestionar lo que sostenemos. De ahí que resulte esencial el activo ejercicio inverso, la decidida búsqueda de contrapruebas de lo que creemos para que, reconociendo que nadie está exento de errores, podamos al menos evitar su perpetuación.

Lo anterior surge de la reflexión de un tecnicismo metodológico del filósofo de las ciencias Karl Popper. En su filosofía crítica propone lo ya expuesto: la necesidad de poner a prueba las teorías no a través de la verificación, sino buscando su “falsación” por medio de hechos refutatorios. De ese modo, solo aquellas teorías capaces de ser falsadas resultan deseables, pues solo son estas las que podremos corregir y mejorar.

Si bien en Popper se puede debatir el significado exacto de dichos “hechos” refutatorios, lo que importa es la intención de fondo. Frente a nuestros intentos por responder las grandes preguntas, vale siempre la pena que nos abramos a la posibilidad de estar equivocados. Ya sea por una buena recepción a contrapruebas puestas por otros, o por una sincera autocrítica interna, solo así tendremos oportunidad de corregir el curso en nuestras búsquedas de saber.

“El punto es que, siempre que proponemos una solución a un problema, debemos intentar con todas nuestras fuerzas derrocar nuestra solución, en lugar de defenderla.” (Prefacio xix, La lógica de la investigación científica, Popper)


Referencias

– La lógica de la investigación científica, Karl Popper (e-book)

– Fragmentos, Heráclito, Ed. Orbis

Dilthey: teoría de las concepciones del mundo

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1. La lucha entre las concepciones del mundo

“Así como la tierra está cubierta de innumerables formas vivientes, entre las cuales acontece una lucha constante por la existencia y el espacio para su propagación, del mismo modo se desarrollan en el mundo de los seres humanos las formas de visión del mundo y luchan entre sí por el dominio del alma” (Dilthey, Teoría de las concepciones del mundo 47).

Desde sus orígenes el ser humano ha formado concepciones del mundo para dar respuesta a algunos de los problemas más importantes de su existencia: ¿qué somos?, ¿qué es el mundo?, ¿qué debemos hacer en este? Pero en el desarrollo histórico de estos intentos, lejos de una convivencia dialogante entre posturas, se ha dado un antagonismo lleno de pugnas fervientes y muchas veces violentas.

Para el filósofo Wilhelm Dilthey, una de las razones de estas luchas se explica por la íntima implicación de las concepciones de mundo en la vida humana. Estas, dice, no son simples posturas intelectuales, sino que se originan y repercuten en la experiencia vital de los individuos.

Las ideas del mundo implican, por supuesto, pensamientos, pero también se fraguan en sentimientos, valoraciones, y voluntades. El desencuentro, por este motivo, va mucho más allá de una mera disputa de ideas.

Pero hay más. La pugna entre cosmovisiones también ocurre porque cada postura se autoafirma —declaradamente o no— como verdad completa, derivando en la negación total de toda otra concepción antagónica. Y aquí es donde Dilthey responde categóricamente: no hay sistemas de verdad absoluta.

Aunque las concepciones del mundo toquen algo de lo real, siempre dependerán de la experiencia de vida de los individuos, así como también de la época histórica a la cual pertenecen.
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Homo Sapiens y extinción masiva

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Extinción

“Las especies y los grupos de especies desaparecen gradualmente, unos tras otros, primero de un sitio, luego de otro y, finalmente, del mundo” (Darwin, Origen de las especies,  434).

Scott, Katie – Historia de la vida (Impedimenta)

Así como la historia de cada persona no puede ser plenamente comprendida si no se le sitúa en el contexto histórico humano en el cual vive, tampoco la historia de la humanidad se entiende correctamente si no se la considera dentro de la larguísima historia de la vida en nuestro planeta.

Visto así, muchos hechos y eventos del pasado –por distantes que puedan parecer- cobran especial relevancia, no solo por sus similitudes con el presente, sino porque hacen referencia a condiciones fundamentales de la vida en cualquier tiempo.

Entre estas condiciones básicas hay una que interesa especialmente hoy. Ésta dice que, por muy fuerte o bien adaptada que se encuentre una especie, lo está siempre en relación de dependencia del medio que habita. Y, por la misma razón, cuando ese medio sufre alguna modificación importante, aquellas fortalezas adaptativas pueden llegar a quedar obsoletas, conduciendo eventualmente a la extinción de la especie.

Ahora, si esa transformación del medio habitado acontece en grandes proporciones, como en una catástrofe planetaria, el resultado puede ser aún mayor, llevando a una extinción generalizada o “masiva”. Éstas -a diferencia de las lentas “extinciones de fondo” que acompañan a la selección natural- son rápidas, repentinas y de gran alcance. El resultado puede implicar la desaparición de la gran mayoría de las especies existentes en un tiempo geológico muy corto.

Intensidad de extinción de géneros de especie marítimos en base al original de Raup y Sepkoski 1982

De hecho, esto fue lo que en los 80 los paleontólogos John Sepkoski y David Raup demostraron a partir de numerosos registros fósiles de los últimos 500 millones de años. Descubrieron la existencia de al menos 5 grandes eventos de extinción masiva -los “Big Five”- en los cuales habrían desaparecido entre el 70 al 95% de todas las especies existentes hasta ese entonces. Muchas de éstas, como se verá, habrían sido dominantes y exitosas en su adaptación al medio… hasta el momento de la catástrofe.

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Musonio Rufo y Aspasia de Mileto: las mujeres también han de filosofar

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INICIO

El prejuicio de la antigüedad clásica contra la mujer filósofa

En la búsqueda histórica, dentro de la antigüedad clásica, de referentes o modelos para fomentar la filosofía entre las mujeres, nos encontramos prontamente con un obstáculo mayor. No sólo chocamos con una lamentable escasez de fuentes disponibles, sino que además nos encontramos por doquier con un discurso en el cual a la mujer se le niega, de una u otra manera, el acceso a la filosofía.

En la Grecia y Roma de la antigüedad, la mujer tiene asignado, en primer lugar, un rol social limitado (“dueña de casa”) que dificulta enormemente su educación y restringe su participación en la vida ciudadana. En segundo lugar, y acaso lo más grave, se ve apresada por un prejuicio generalizado en el cual se considera que por naturaleza no está bien dispuesta para la filosofía y las tareas de la razón. Simone de Beauvoir, en el inicio de su obra El segundo sexo, expone este prejuicio en las palabras del propio Pitágoras:

“Existe un principio bueno que ha creado el orden, la luz y el hombre, y un principio malo que ha creado el caos, las tinieblas y la mujer.” (Ss 11)

Ejemplos como éste abundan en la literatura y la filosofía antigua. Sin embargo, también es posible encontrar algunas luces (aunque escasas) que permiten contrariar estas nefastas opiniones. Si bien esos casos ejemplares no son totalmente perfectos –en el horizonte de nuestras actuales exigencias- sí consiguen poner en cuestión prejuicios arraigados de su propia época y que, aunque parezca sorprendente, aún conservan vigencia en algunos sectores de la sociedad hasta el día de hoy. Así es como podemos encontrar, por suerte, palabras como las que siguen en el siglo I d.C.:

“El mismo raciocinio han recibido de los dioses las mujeres y los hombres, el que utilizamos en las relaciones mutuas y con el que discurrimos sobre cada cosa si es buena o mala y si es hermosa o fea. (…) el deseo y la buena disposición natural hacia la virtud residen no sólo en los hombres, sino también en las mujeres.” (Df III-9)

Estas son palabras del filósofo estoico y romano Musonio Rufo, para quien, como se revisará a continuación, mujeres y hombres poseen por naturaleza la misma razón, disposición y capacidad para pensar y educarse, para filosofar y formarse como seres racionales y virtuosos. 

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