Hobsbawm: Era de las Catástrofes y «guerra total»

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Recordar la era oscura

Más de 70.000.000 de vidas perdidas por actos de violencia masivos y organizados. Este fue el costo de las 2 guerras mundiales (Britannica). ¿Qué hemos aprendido? Aunque la cifra puede impactar, no parece haber provocado un rechazo largo y sostenido en el corazón de la humanidad. Uno capaz de prevenir que algo semejante pudiera repetirse con fuerza y convicción. Es como si la destrucción de aquella época se hubiera transformado en un dato oscuro pero lejano, lamentable pero ajeno, y no un acontecimiento que alcanza el fondo del presente.

¿Poseemos una auténtica comprensión de lo que vivió la humanidad en esa era de las catástrofes? No un mero registro o relato de los hechos ocurridos, sino un vivo entendimiento del pasado en nuestro presente. Para Hobsbawm, la respuesta es negativa. La memoria histórica de hoy se apaga:

“La destrucción del pasado (…) es uno de los fenómenos más característicos y extraños de las postrimeras del siglo XX. En su mayor parte, los jóvenes, hombres y mujeres, de este final de siglo crecen en una suerte de presente permanente sin relación orgánica alguna con el pasado del tiempo en el que viven.” (Hobsbawm, Historia del siglo XX, 13)

Se trata para él de un olvido o desconexión significativa con el pasado, incluso sobre acontecimientos graves y notorios. Porque aunque la difusión de informaciones de la historia queda facilitada por las nuevas tecnologías, la velocidad ascendente de los cambios en la modernidad, así como la ingente masa de datos producidos día a día, dificultan una reflexión detenida sobre lo que hemos vivido como humanidad y sus efectos duraderos hasta hoy.

“Esto otorga a los historiadores, cuya tarea consiste en recordar lo que otros olvidan, mayor trascendencia que la que han tenido nunca (…) Pero por esa misma razón deben ser algo más que simples cronistas, recordadores y compiladores…” (13)

Ser “algo más que esto” consiste en “comprender y explicar por qué los acontecimientos ocurrieron de esa forma y qué nexo existe entre ellos” (Hobsbawm, 13); descubrir sus raíces, su articulación y las ramificaciones de largo alcance. Se trata justamente de corregir esa falta de relación orgánica con el pasado, dando luces de cómo éste aún nos forma en nuestro modo de pensar y sentir.

Una edad oscura como la «Era de las Catástrofes» requiere máxima atención. No sólo para meditar cómo prevenir la repetición del desastre, sino también para reconocer que la brutalidad extrema que abrió, perduró durante todo el siglo XX y lo que va del XXI. Los cuarenta años de derrumbe marcaron un «antes y después» del cual aún somos herederos.

“Los decenios transcurridos desde el comienzo de la Primera Guerra Mundial hasta la conclusión de la Segunda fueron una época de catástrofes para esta sociedad, que durante cuarenta años sufrió una serie de desastres sucesivos. (…) Sus cimientos fueron quebrantados por dos guerras mundiales, a las que siguieron dos oleadas de rebelión y revolución generalizadas (…) Los grandes imperios coloniales que se habían formado antes y durante la era del imperio se derrumbaron y quedaron reducidos a cenizas.” (16)

En este contexto, la llamada «guerra total» es una de las principales responsables de que se tome al «siglo XX como el más terrible de la historia occidental» (Isaiah Berlin). Avivar la memoria histórica de algunos de sus aspectos esenciales, resulta apremiante en un nuevo siglo que parece cada vez más proclive al olvido.

La guerra total

“Se da por sentado que la guerra moderna involucra a todos los ciudadanos, la mayor parte de los cuales además son movilizados; que utiliza un armamento que exige una modificación del conjunto de la economía para producirlo y que se utiliza en cantidades ingentes; que causa un elevadísimo nivel de destrucción y que domina y transforma por completo la vida de los países participantes. Ahora bien, todos estos fenómenos se dan únicamente en las guerras del siglo XX.” (46)

«La guerra siempre ha existido» se suele decir. Sin duda, pero solo desde 1914 alcanza un extremo que jamás se imaginó.

Un nuevo tipo de guerra

La nueva «guerra total» se gesta en la Primera Guerra Mundial, hasta llegar a su máxima expresión en la Segunda. Ya no serían como las guerras del «siglo largo» previo, con ejércitos profesionales confrontados en locaciones delimitadas, con hostilidades bastante más acotadas en el tiempo (semanas, meses), y en los cuales no solían involucrarse más allá de 2 o 3 potencias mundiales. Por el contrario, la nueva forma de la guerra empuja a todas las potencias del mundo (y muchas otras naciones arrastradas por éstas). Se lucha en todo tipo de locaciones (incluso territorios muy lejanos al propio). Se ataca no solo al conjunto militar adversario, sino también -y especialmente- al grueso de la población civil. Lo que se busca en esta nueva forma de hacer la guerra es la victoria total sobre el otro, uno que lo fuerce a aceptar lo que se llamó «la rendición incondicional».

Hobsbawm incluso advierte que previo a 1914 se había logrado un relativo progreso moral y normativo en la forma de hacer guerra. Un intento por colocar límites o normas mínimas humanas si la guerra ya era una realidad. Habla incluso de un tipo de respeto básico que podía existir entre ejércitos en disputa, de modo análogo al que se tienen los boxeadores antes y después de una pelea.

Pero ese leve avance se derrumbó por completo con la Primera Guerra Mundial. Los nacionalismos, intensificados por la ideología y las nuevas técnicas de propaganda (ver Propaganda Moderna), empujaron a toda la población a ver al otro como un ser detestable, uno que incluso podría llegar a ser catalogado de monstruo o infrahumano. Bajo esta deshumanización, solo quedaba la opción de someter, expulsar o eliminar por completo al adversario. Toda la nación, por lo mismo, se subordinaba a una guerra total, una en la que el estado, la economía, la cultura y la educación se ponían al servicio de derrotar al enemigo a toda costa:

“Las guerras totales se convirtieron en «guerras del pueblo», tanto porque la población y la vida civil pasó a ser blanco lógico -a veces el blanco principal- de la estrategia como porque (…) se demoniza naturalmente al adversario para hacer de él un ser odioso…” (51)

Ampliación tecnológica, ampliación de la barbarie

Pero la guerra de masas no habría alcanzado toda su magnitud sin el desarrollo tecnológico de las revoluciones industriales del siglo previo y entrante. Aunque ya desde antes la tecnología avanzaba rampante, las exigencias de la guerra (ver Guerra y tecnología) no hicieron sino intensificar este despliegue. La «guerra total»

“…hizo que progresara el desarrollo tecnológico, pues el conflicto entre beligerantes avanzados no enfrentaba solo a ejércitos, sino que era también un enfrentamiento de tecnologías para conseguir las armas más efectivas y otros servicios esenciales.” (49)

Uso de gases tóxicos, ametralladoras, artillería pesada, bombardeos aéreos, y cientos de otras formas de incrementar la capacidad de destruir y matar. La ciencia y tecnología que en algún momento prometía progreso y prosperidad, se volcó a la tarea de crear grandes sistemas y maquinarias de matanza.

// Recuadro de cifras de desastre de I GM y IIGM (matanzas, heridos, etc, poblacion civil militar)

Pero la tecnología no solo amplió el poder de daño, sino también intensificó la desafección. Para Hobsbawm ésta causó que la violencia se volviera aún más impersonal. La barbarie avanzó con facilidad cuando el otro no solo era demonizado, sino también cuando podía ser una simple cosa u objetivo distante a eliminar. La tolerancia a la barbarie se facilitó no solo por una sensación borrosa ante cifras astronómicas de muertos, sino también por la creación de una distancia de insensibilidad. Vale la pena leer la lúcida descripción que da Hobsbawm sobre esto:

// IMG bombardeo (img El piloto de guera saint exupery)

“Otra de las razones era la nueva impersonalidad de la guerra, que convertía la muerte y la mutilación en la consecuencia remota de apretar un botón o levantar una palanca. La tecnología hacia invisibles a sus víctimas, lo cual era imposible cuando las bayonetas reventaban las vísceras de los soldados o cuando estos debían ser encarados en el punto de mira de las armas de fuego. Frente a las ametralladoras instaladas de forma permanente en el frente occidental no había hombres sino estadísticas (…). Lo que había en tierra bajo los aviones bombarderos no eran personas a punto de ser quemadas y destrozadas, sino simples blancos. (…) Y los diligentes burócratas alemanes que habrían considerado repugnante conducir personalmente a los mataderos a los famélicos judíos se sentían menos involucrados personalmente cuando lo que hacían era organizar los horarios de los trenes de la muerte que partían hacia los campos de exterminio polacos (…) Las mayores crueldades de nuestro siglo han sido las crueldades impersonales de la decisión remota, del sistema y la rutina, especialmente cuando podían justificarse como deplorables necesidades operativas.” (51)

Nacionalismos y poblaciones provocadas por propagandas deshumanizantes del otro. Tecnologías que las equiparon para la matanza masiva y a la distancia suficiente para no dar espacio alguno a un mínimo de empatía u horror ante lo cometido. ¿Son estos aspectos propios de un pasado ajeno y lejano? ¿O no son acaso también parte integrante de nuestro propio presente?

¿Hemos aprendido?

“Así pues, el mundo se acostumbró al destierro obligatorio y a las matanzas perpetradas a escala astronómica…” (52)

Para Hobsbawm no hay duda de que después de la Era de las Catástrofes la costumbre a la barbarie y su repetición se volvió casi una regla. No penetró en la humanidad un horror suficiente sobre la monstruosidad acontecida (ver Adorno) como para que resultara inaceptable su repetición. Y si bien hubo avances en derecho internacional y algo de justicia tras las guerras, observar los acontecimientos del siglo XX y XXI solo muestran que la violencia y deshumanización de la guerra total reaparece con regularidad. Bombardeos a ciudades, invasiones a gran escala, sitios o bloqueos que llevan a hambrunas, ataques deliberados a la población, uso de armas químicas, tortura sistemática, e incluso nuevos genocidios. Todo esto, una y otra vez, hoy.

// slider simple imagenes de algunos ejemplos de post guerra y otros de siglo XXI con leyenda. Guerra de Corea, Guerra de Vietnam, Balcanes, Irak, Ucrania, Israel y palestina (y otros clave).

“Indudablemente, tanto el carácter total de la guerra como la determinación de ambos bandos de proseguir la lucha hasta el final sin importar el precio dejaron su impronta. Sin ella es difícil explicar la creciente brutalidad e inhumanidad del siglo XX.” (51)

Meditar sobre la Era de las Catástrofes permite reconocer el potencial activo de destructividad e inhumanidad a la cual puede llegar el ser humano. Y aunque hoy las condiciones no son idénticas a los años previos a la Primera Guerra, no puede negarse que las similitudes comienzan a aumentar: nacionalismos y propaganda intensificada, degradación del derecho internacional, ánimos y acciones imperialistas, militarización creciente con potentes y nuevas tecnologías, y rivalidad entre grandes potencias en un periodo de clara transformación mundial.

Pero tal vez, entre todas las similitudes la más peligrosa sea la ingenuidad.

Porque antes de 1914 se creyó que el conflicto por venir sería como los anteriores: breve, localizado y limitado. Se confió en que los mecanismos de poder internacional y la racionalidad humana mantendrían la guerra tal como ya se la conocía. Pero nada de esto ocurrió. El «antes y después» de la «guerra total» no solo demostró el aspecto incontrolable de la guerra, sino también puso en cuestión la sensatez mínima del ser humano cuando ésta se desencadena.

¿Podemos en el presente caer en una ingenuidad similar? Se ha hablado de intervenciones u «operaciones especiales» que han terminado en guerras prolongadas con cientos de miles de muertos. Se confía en el límite a una guerra mayor dada la capacidad de las grandes potencias de destruirse mutuamente por el poder de armas nucleares (MAD o “destrucción mutua asegurada”).

¿No da esto por supuesto que, hasta el último momento, los “racionales” líderes mundiales tomarán decisiones sensatas? La historia de la Era de las Catástrofes deja claro que la cordura desaparece en todos los niveles cuando la violencia se desata. Cabe, pues, revivir nuestra memoria para mantener lejos esa ingenuidad, esa que olvida con qué facilidad el ser humano se extravía en la irracionalidad y el descontrol, arrojándose a sí mismo a un abismo del cual después no sabe cómo salir.

//Img dedos sobre boton, MAD o similar


Referencias

  • Hobsbawm, Eric. Historia del siglo XX. Barcelona: Crítica, 2014.

Descargas

  • Hobsbawm, Eric. capítulo La guerra total (Historia del siglo XX)

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