1. En la ciudad
“Pasamos gran parte de nuestras vidas encerrados en cubículos de hormigón, cegados y ensordecidos por el resplandor y el estruendo electrónicos.” (Kohák, Entre las brazas y las estrellas, 12)

Entre muros y circuitos, no hay otro entorno ni otro Mundo; este es el que se ha construido dentro de la ciudad humana. Mientras se piense que ésta es solo un refugio sofisticado frente a las amenazas del entorno natural, no se atenderá a que se ha vuelto un todo para el ser humano. Como entidad, vive casi por sí misma, y en su interior, millones la nutren sin conocer otra cosa que su propia lógica.
Para Erazim Kohák, la ciudad y sus artefactos ciegan al ser humano de cualquier otra cosa que no sea esta misma. Este «velo de los artefactos» privaría la posibilidad de captar un sentido más profundo de la realidad, uno capaz de trascender la pura articulación de la técnica moderna y sus tecnologías (ver Heidegger, Ellul). Estas, dice él, han provocado un descolocamiento del ser humano en relación a su puesto y sentido dentro del cosmos. Todos los significados en los que se mueve día a día, están crecientemente restringidos al mundo que ha fabricado:
“En un mundo de artefactos, el «hombre» es, en efecto, la «medida de todas las cosas»; el ser humano, como productor y consumidor, es aquí, de hecho, la fuente de todo significado en medio de un sistema mecánico.” (Kohák, 23)
No hay prácticamente nada para el individuo que exceda la ciudad moderna y sus tecnologías. La ajetreada y absorbente vida en la ciudad vive del artificio y no conoce otra cosa más que artificio. Construye, al fin, “… un mundo en el que no hay más que seres humanos y sus obras, desprovisto de un «Otro»…” (ES 21). El encierro se vuelve norma, y quedan pocos espacios para ver más allá.
E incluso cuando en la ciudad se alza la mirada hacia el cielo nocturno, la luz artificial infatigable encandila la mirada ocultando el cosmos estrellado en el cual nos encontramos. Si bien el ser humano cuenta con luz a toda hora para ocuparse de sus herramientas y objetivos, esa misma luz y actividad incesante lo ciegan para una reflexión más profunda de su lugar en el todo más allá de la ciudad. El ser humano, en pocas palabras, se acostumbra a vivir bajo el manto de una noche sin estrellas:
“Rodeados de artefactos y construcciones, tendemos a perder de vista, tanto en sentido literal como metafórico, el ritmo del día y de la noche, las fases de la luna y el cambio de las estaciones, la vida del cosmos y nuestro lugar en él.” (Kohák, x)
¿Es posible ver algo más allá? Kohák, como Thoreau un siglo antes, se encaminó al umbral entre la ciudad y la naturaleza. Ahí, también desde una cabaña remota, realizó un «paréntesis fenomenológico», una reducción de todo el aparataje técnico que absorbe la conciencia dentro de la ciudad. Y así como Thoreau palpó el valor de la vida elemental en la naturaleza, Kohák, entre las brazas del fuego y el oscuro cielo estrellado, se adentró sobre lo que aparece cuando el velo tecnológico se retira, cuando comienza a abrirse un Mundo mucho más amplio, al cual pertenecemos.
2. Caminar hacia el umbral
a) Un paréntesis práctico de la ciudad
“Cuando el resplandor eléctrico priva de la noche que todo lo reconcilia, las horas añadidas al día son una ganancia dudosa. A una milla más allá del tendido eléctrico, la noche todavía viene a restaurar el alma: oscuridad profunda y virgen entre las brasas del fuego que muere y la inmensidad del cielo sembrado de estrellas.” (Kohák, 30)
La ciudad ofrece comodidades y herramientas que no son de fácil renuncia. No han sido construidas por nada, sino para asistir al ser humano en muchas de sus actividades. Mientras que para Thoreau la vida salvaje posee un valor muy alto en oposición a la civilizada -“La vida consiste en lo salvaje. Lo más vivo es lo más salvaje.” (Caminar, 42)-, para Kohák el retiro de la ciudad está más centrado en realizar una suspensión práctica de la abrumadora invasión tecnológica en nuestra conciencia. Siguiendo a su maestro fenomenólogo E. Husserl (ver), propone una «puesta entre paréntesis» no solo de la mirada científica dura (positivista), sino también de la técnica y los artefactos. Su propósito es retirar el velo producido por el exceso de artificios de la vida humana (al menos por un tiempo).
Para Thoreau, por otra parte, la sociedad moderna y lo que ha construido, ha creado una forma de vida cuyo ritmo “asfixia”. “Se vive demasiado de prisa” (Walden, 90), dice, se empuja a los individuos a una perdida de conciencia sobre lo más elemental y valioso. Como para Kohák, se trata de una suerte de vaciamiento de vitalidad y sentido por una saturación de actividades técnicas de pobre valor significativo:
“…la agitación, perplejidad, y confusión de la civilización nos oprimían y sofocaban; parecía faltarnos el aire, empezamos a sentir como si a cada momento fuéramos a morir de asfixia.” (Thoreau, Caminar, 45)
Aunque para Kohák la ciudad y sus artefactos han provocado una absurda ‘discontinuidad’ con la naturaleza, también cree que hay un posible camino de sentido desde la tecnología. Sin embargo, solo tiene posibilidad de aclararse si primero se piensa adecuadamente nuestra relación y lugar en la Naturaleza.
“El propósito de tal retiro no es abolir los logros de la tecnología, sino dejarlos entre paréntesis, escapar de su fascinación para redescubrir su significado olvidado.” (Kohák, 24)
b) La interpelación de la Naturaleza
Thoreau resalta el valor del caminar y deambular, el pasear por pasear sin un objetivo previo; algo por completo opuesto al movimiento eficiente de la ciudad, uno veloz y de metas claras (ver Le Corbusier).
Pero también reconoció que en algún punto del caminar puede surgir un reclamo especial, una atracción proveniente de más allá de la ciudad. Paso a paso, alejándose del ajetreo citadino, el bosque, el mar, la montaña llaman hacia un ámbito distinto y significativo:
“Yo creo que hay un sutil magnetismo de la Naturaleza, y que si nos entregamos a él, nos guiará correctamente.” (Thoreau, Caminar, 30)
Para Kohák, de modo similar, el ingreso a la naturaleza más allá de la ciudad, ofrece guía al ser humano por medio de sus «dones». Con la transición lenta y paciente del crepúsculo, ve surgir la oscura noche, la cual enseña otro ritmo de las cosas, así como la luz en la negrura, donde el cielo estrellado nos permite descubrirnos como seres dentro de un mundo mucho más amplio que el que solemos considerar. Este es, pues, «el don de la oscuridad».
“… más allá de la línea eléctrica y la carretera asfaltada, donde el crepúsculo llega suavemente y aún existe la noche, pura entre las brasas incandescentes y las estrellas lejanas.” (Kohák, xii)
También, lejos de la ciudad, puede aparecer «el don de la soledad», uno en el cual la multitud ajetreada e impersonal queda también puesta entre paréntesis. Sin embargo, dice Kohák, este don no tiene nada que ver con aprender a vivir sin los otros, sino que apunta a restablecer la capacidad de escuchar lo «Otro». Acallando el ruido provocado por la ciudad y “nuestra presencia insistente” (Kohák 40), la naturaleza se presenta en toda su fuerza. Tocándonos de súbito, despierta en nosotros un oír atento a lo que es distinto de nosotros mismos:
“La soledad profunda del océano gris invernal o del bosque de verano es diferente. Aquí la naturaleza se impone. Es demasiado vasta para que el ser humano la acalle con su voz, demasiado cercana para que pueda retirarse de ella hacia la especulación.” (Kohák, 36)
Y, en tercer lugar, sin la excesiva asistencia de los artefactos, llega a nosotros «el don del dolor» en medio de la intemperie. Por una parte, la fricción del entorno natural nos choca, pero nos reintegra a la realidad completa en la que existimos (y no solo el refugio de la ciudad). Se nos quita el caparazón citadino y el exceso de anestesias a los que puede llegar una tecnología omnipresente. Y si bien el esfuerzo humano por aminorar el dolor y el sufrimiento agudo es “loable”, menciona Kohák, es necesario reconocer que “hay dolor, pero también mucho más” y nuestra libertad depende de no vernos sometidos a su evasión. Cuando nos integramos al todo de la naturaleza, este mismo dolor ya no se vuelve un centro de total gravedad:
“Cuando los humanos dejan de pensarse como la medida de todas las cosas, su dolor ya no es una catástrofe cósmica. Se vuelve parte de un todo mayor.” (Kohák, 43)
La misma experiencia del dolor, menciona Kohák, da pie para pensar un sentido más adecuado de la técnica y sus tecnologías. No anestesia ilimitada, al punto de llevar a la inconciencia, sino más bien algo que permita o asista a la comprensión profunda de la realidad. El propio ejemplo central de Kohák -“Entre las brazas y las estrellas”- es una buena guía, pues reúne técnica y naturaleza en una relación adecuada. La fogata y sus brazas ofrecen el calor que acoge, reúne, calienta y protege, pero al mismo tiempo no priva -sino permite- alzar la mitada al cielo oscuro y estrellado, recordando nuestra esencial pertenencia a algo mayor a nosotros mismos.
3. Más allá de los límites de la ciudad // Fotografia Montaña nevada oculta
“El universo es más ancho de lo que creemos.” (Thoreau, Walden, 268)
Si la ciudad descoloca al humano al exacerbar su protagonismo y su poder transformador del mundo (ver Jonas), la naturaleza muestra -de una sola vez- que el mundo no nos pertenece, sino que pertenecemos a él. Y aunque más allá del umbral de la ciudad, siempre sea posible expandir el dominio de inventos y artificios, nunca será posible abarcar ni sustituir el fundamento e infinito horizonte que se desvela en el Universo.
“En la soledad del crepúsculo, el mundo que se presenta al morador no es un mundo hecho por él, ni deriva de él su sentido. Él no es su centro, sino un morador dentro de él.” (Kohák, 44)
Y es aquí donde lo abierto y amplio se deja ver, oír y sentir, aliviando las asfixias de la ciudad y las clausuras de un pensar humano absorto entre calles, circuitos y aparatos. Se rompe la ciudad ensimismada, al menos por un momento, por cada individuo que consigue salir y poner un profundo paréntesis a un mundo desbordado de tecnologías. La Naturaleza -“personaje vasto y universal del cual nunca hemos visto del todo siquiera uno de sus rasgos” (Thoreau Caminar, 64)– se muestra en su rica apertura de posibilidades que supera todo artificio humano:
“…porque descubrí en el horizonte nuevas montañas que nunca había visto -mucha más tierra y mucho más cielo.” (Thoreau, Caminar, 66)
Y en la práctica de este retiro, el humano capta su ser corpóreo en comunión con la naturaleza que le ha dado origen. Su cuerpo ya no es una cosa ajena la cual deba dominar, gestionar, trabajar o derechamente explotar, sino su propio ser que integra también la naturaleza que presencia. Esto, tanto Thoreau como Kohák lo perciben en las mil experiencias reactivadas por el viento, los olores, las texturas (el frío del agua, el clima intempestivo, las hojas que caen, o la dureza de los caminos), y en las primarias vivencias que compartimos con los demás seres que habitan el mundo:
“Al sacar agua al amanecer, mientras preparo el desayuno, observo a la marmota pastando: puedo sentir, con toda la evidencia de una conciencia primordial, que ella y yo somos parientes. Descansando frente a la casa al atardecer, veo cómo los puercoespines con sus crías, bajo las rocas de la orilla opuesta, se aventuran a salir: así mismo, yo también guié una vez a mis hijos en su descubrimiento del mundo. (…) Aunque soy distinto a mi manera, pertenezco, profundamente, a la armonía de la naturaleza. No hay experiencia más primordial que esa.” (Kohák, 6)
Y aunque se pueda compartir más o menos con Thoreau su alta apreciación de la vida salvaje, o con Kohák, la posibilidad de un sentido moral propio del cosmos, resulta innegable seguirlos en que, más allá de la ciudad y de toda obra humana, la naturaleza aparece como un horizonte y sostén mucho más amplio que el mundo que hemos creado. En su amplitud no solo podemos descubrir incontables formas y creaciones que trascienden el ingenio humano, sino también reconocernos como parte integrante de ésta.
Por la misma razón, toda construcción y tecnología humana debiera siempre desarrollarse cuidando nuestra relación íntima con el cosmos y la naturaleza en la cual existimos. Es solo desde ahí que podremos desplegar un sentido humano que esté plenamente integrado en toda la realidad que nos sostiene, y no solo la que hemos fabricado. Si podemos acercarnos un poco más a esa mirada, tal vez en un próximo distanciamiento o paréntesis de la ciudad y su saturación tecnológica, podremos ser capaces de mirarla una vez más con la esperanza que a futuro se asemeje más al cielo nocturno que la recubre, esto es, a un horizonte estrellado.
Referencias
– (ES) Erazim Kohák. Entre las brazas y las estrellas. Traducción de
– (W) Thoreau. Walden
– (C) Thoreau. Caminar.
Descargas
- Entre las brazas y las estrellas, Kohák. Introducción y primera parte. (traducción con DeepL).
- Between Embers and the Stars, Kohák. Introducción y primera parte (INGLÉS original)


