Theodor Adorno: “Que Auschwitz no se repita”

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La barbarie y el peligro de la repetición

“La exigencia de que Auschwitz no se repita es la primera de todas en la educación” (C 80)

Theodor Adorno es categórico en señalar la reclamación primera de toda la educación: que una de las barbaries más grandes de la historia –“donde millones fueron sistemáticamente exterminados”- no se vuelva a repetir. La urgencia de esta exigencia no está dada solo por el carácter potencial de semejante peligro, sino precisamente por el hecho de que Auschwitz “ya fue”: el ser humano demostró que es capaz de actuar con una violencia extrema. Y más fuerza adquiere esta exigencia si reconocemos que la esencia de dicha barbarie se ha vuelto a repetir en reiteradas ocasiones en la historia posterior.

Para Adorno la “monstruosidad” de las atrocidades de Auschwitz “no ha penetrado lo bastante en los hombres”. Esto quiere decir que aún no hay suficiente conciencia sobre lo ocurrido y sobre las condiciones que lo hicieron posible. Pensarlas resulta fundamental en la medida que la posibilidad de la barbarie persiste mientras perduren esas condiciones. Sin embargo, Adorno considera que las “condiciones objetivas” (sociales y políticas) son difícilmente modificables hoy. A pesar de esto, aún cree que se puede oponer cierta resistencia por medio de un “giro subjetivo”, esto es, concentrándonos sobre todo en los aspectos psicológicos de los individuos que cometen atrocidades para ver cómo evitarlas a través de la educación: 

 “Debemos descubrir los mecanismos que vuelven a los hombres capaces de tales atrocidades, mostrárselos a ellos mismos y tratar de impedir que vuelvan a ser así, a la vez que se despierta una conciencia general respecto de tales mecanismos”. (C 82)

La barbarie: una conciencia cosificada

Adorno, desde esta perspectiva subjetiva, señala el rasgo clave del tipo de hombre que actúa desde la barbarie:

“(…) lo calificaría de tipo con una conciencia cosificada. En primer lugar, tales hombres se han identificado a sí mismos, en cierta medida, con las cosas. Luego, cuando les es posible, identifican también a los demás con las cosas”. (C 89)

Este rasgo principal es lo que posibilita el trato entre humanos como si fueran meras cosas. Este tipo de trato permite la acción sin límites sobre los otros, como si fueran simples objetos. De aquí que quede completamente abierta la puerta a todo tipo de violencias.  

Pero, ¿qué conduce a esta cosificación de la conciencia? Adorno señala al menos dos aspectos fundamentales.

El primero, la identificación irreflexiva de los individuos con los movimientos de masas de las colectividades:

“Los hombres que ciegamente se clasifican en colectividades se transforman a sí mismos en algo casi material, desaparecen como seres autónomos. Ello se corresponde con la disposición a tratar a los demás como masas amorfas.” (C 88)

El individuo se integraría a la fuerza de la colectividad de manera obediente fundiendo su pensamiento al mandato colectivo, tal como si él consistiese en una mera cosa lista para ser dirigida por un impulso externo (que cree suyo).

El segundo aspecto concierne a la producción general de un tipo de mentalidad tecnológica -propia de una época técnica- que orienta al individuo hacia las cosas y su uso eficiente:  

“cada época produce aquellos caracteres –tipos de distribución de energía psíquica- que necesita socialmente. Un mundo como el de hoy, en el que la técnica ocupa una posición clave, produce hombres tecnológicos, acordes a ella”. (C 91)

El hombre tecnológico fetichiza aparatos, máquinas, instrumentos y todo tipo de cosas útiles. Se comporta desde un pragmatismo “realista” en donde todo lo que importa es que las cosas funcionen (incluyéndose a él mismo y a los otros). En otras palabras, rinde culto a la eficiencia, dejando velada cada vez más la posibilidad de establecer relaciones propiamente humanas con los otros. Su disposición libidinal se vuelve notoriamente cósica, explicando el que se muestre completamente “frío” -como denuncia Adorno- ante lo que ocurre con los demás.

Ahora bien, lo más preocupante de todo “es que esa tendencia coincide con la tendencia global de la civilización” (C 92). En efecto, la sociedad industrial orienta a los individuos cada vez más hacia las cosas, hacia las mercancías, hacia los objetos técnicos. El individuo cuya conciencia está altamente cosificada, no vendría a ser, pues, un caso excepcional, sino por el contrario, precisamente la regla y norma de la sociedad en la que vivimos.

Las tareas de la educación: autonomía y rechazo de la barbarie

Si la conciencia cosificada posibilita el tipo de barbarie de Auschwitz y la tendencia de nuestra sociedad es la de fomentar dicho tipo de conciencia, ¿qué queda por hacer? Como se señaló, Adorno pone sus ojos en la educación y algunas de sus tareas fundamentales.

En primer lugar, y una de las exigencias centrales de la educación, consistiría en fomentar la autonomía de las personas:

 “La única fuerza verdadera contra el principio de Auschwitz sería la autonomía, si se me permite emplear la expresión kantiana; la fuerza de la reflexión, de la autodeterminación, del no entrar en el juego de otro.” (C 84)

Con la autonomía el ser humano puede protegerse de la identificación irreflexiva con la colectividad que lo lleva a obedecer ciegamente. Pero no se trata de una mera racionalidad vacía, sino una que tiene por objeto las finalidades humanas (“reflexiones sobre fines transparentes, humanos, no de reflexiones en abstracto” (EE 109)).

Una segunda exigencia clave consistiría en educar una afectividad que rechace la barbarie. Adorno señala la importancia de que “a la lucha contra la barbarie, o a la eliminación de ésta, corresponde un momento de indignación”(EE 107). Se trata de la capacidad afectiva de oponerse a la atrocidad para no caer en una apatía o indiferencia cómplice que está “dispuesta a contemplar meramente lo abominable y a inclinar la cabeza en el momento decisivo” (EE 112)).

Para lograr estas tareas educativas Adorno da máxima importancia a que se realicen desde la más temprana infancia, pues es aquí donde se afirman los rasgos básicos del carácter. Junto con esto, el propiciar todo lo posible una ilustración generalizada de la sociedad “que establezca un clima espiritual, cultural y social que no admita la repetición de Auschwitz”.

En suma, frente a la barbarie y las tendencias sociales que aún pueden producirla, es necesario oponerse por medio de una educación que las resista. Esta educación es esencialmente un intento de que las personas no se vuelvan “indiferentes hacia cuanto sucede a los demás”, que no las traten como meras cosas, sino como seres humanos. Para esto la autonomía protege contra los movimientos de masas alienantes y la afectividad contra la barbarie da la fuerza correspondiente para oponerse prontamente cuando llega a surgir. Para Adorno, si en el pasado hubieran sido fomentados estos rasgos -contrariamente a la frialdad que efectivamente predominó- “Auschwitz no habría sido posible” pues sencillamente “los hombres no lo hubiesen tolerado” (C 92)

Referencia

[C] Consignas, Theodor W. Adorno. La educación después de Auschwitz, Ed. Amorrortu

[EE] Educación para la emancipación, Theodor W. Adorno. Educación para la superación de la barbarie. Ed. Morata

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Conferencia de Adorno La educación después de Auschwitz: ver aquí  

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Publicado por

L.M.R.

contribucionesfilosoficas@gmail.com

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