Sloterdijk: separación, retiro y ejercicio

[Lectura: 7 min.]

Retiro y separación

En la infatigable marcha de la vida moderna, en medio de trabajos y actividades interminables, puede irrumpir un llamado al «retiro». 

Diógenes (Jean-Léon Gerôme, 1860)

En la corriente del día a día, marcada por el estrés, la ansiedad, el desencanto y la falta de sentido, puede producirse un quiebre, un rechazo rotundo a lo que sostiene ese modo de vivir. Y aunque la mayoría se resigne o busque modos de adaptarse, existen casos destacados y excepcionales en los cuales surge la exigencia de salir de la corriente dominante.

A esta separación, o alejamiento radical de la norma de vida, Peter Sloterdijk lo llama «espíritu de secesión»:

 “… la retirada del individuo de la forma de ser que está sumergida en la corriente de los asuntos del mundo, (…) la salida del río de la vida, a fin de encontrar un sitio en la orilla.” (Has de cambiar tu vida, 291)

Este es el «sujeto recesivo», el que retrocede frente a la marcha de la vida normal. Toma la decisión improbable, excéntrica y extraordinaria de separarse de las reglas que subyacen a la vida humana dominante. En vez de dejarse arrastrar por el río, se retira a la orilla en búsqueda de otras posibilidades.

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Silencio (Byung-Chul Han)

[Lectura: 4 min.]

Ruido y Silencio

Komorebi”  (Perfect Days) 

Cuando el ruido satura, incluso en la callada noche, cuando todo habla y demanda sin tregua alguna, surge de pronto el anhelo de un silencio fundamental.

El ruido provocado por la “hiperinformación” de las redes digitales bombardea nuestra mente. El exceso de datos recibidos en todo momento —sostenido por la propia compulsión a compartir y consumir todo dato— bloquea la posibilidad de atender lo que importa.

Byung-Chul Han lo dice así: 

“Todo grita para llamar la atención (…). La información nos roba el silencio imponiéndonos y reclamando nuestra atención” (No-cosas, 101-102).

Y la fuente de este grito está siempre a la mano y más. Porque el dispositivo “inteligente” que portamos en todo momento se transforma en una extensión de nosotros mismos, uno que nos interpela en una llamada invasiva.

El silencio, entonces, se vuelve escaso, alejándonos, dice Han, de su capacidad para vincularnos con lo valioso, aquello que nos resulta sagrado y otorga sentido al Mundo:

“Lo sagrado está ligado al silencio” (97).

Lo sagrado se “alza” sobre nosotros; es lo que nos supera elevándose. Pero lo sagrado subyacente solo puede apreciarse bajo una “atención profunda”, una que surge cuando reina la paciencia que deja ser a las cosas y a los otros. La acumulación y consumo hiperactivo de datos, por el contrario, satura la conciencia, eliminando la atención serena que es capaz de captar lo fundamental.

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